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ESPACIO CRÍTICO

PERIODISTAS Y PERIODISMO

Alejandro Martínez
Periodista y corresponsal Internacional en Radio Televisión Española


Periodistas y periodismo se ha convertido en más que un documento de presentación del plenario "Del hecho al dicho”, Estar allí y contar aquí en los tiempos en conflicto, que abrió el XI Congreso Internacional de Estudiantes de Antropología, Madrid 2003. Es un artículo de opinión que invita a cuestionar, reflexionar y dudar sobre uno de los mayores poderes del mundo globalizado actual: los medios de comunicación.

Pero periodismo y antropología pueden sonar tan distantes, como lo pueden ser otras disciplinas especializadas, al punto de convertir el conocimiento en compartimentos aislados de realidades y problemáticas autistas. El periodismo, en cualquiera de sus modalidades tiene como principio informar a través de la investigación. La antropología por el contrario, sin contar con los medios técnicos del periodismo, busca interpretar y comprender más allá de los poderes fácticos e intentar acrecentar la razón y el diálogo humano. Pero -dice Ramonet- ampliarlo implica la defensa de la palabra, y esta cada vez se ve más limitada porque los medios de comunicación ya no saben distinguir, estructuralmente lo verdadero de lo falso.


El Periodismo es un fenómeno cambiante. Y no sólo la forma de hacer periodismo, sino el concepto mismo. Lo que nació como una actitud frente al poder (no contra el poder, aunque a veces sea necesario), como un intento de equilibrar el poder de los poderosos, de conocer mediante la información sus planes, sus objetivos, sus intereses y darlos a conocer al resto de la Opinión Pública para que todos tuvieran las mismas oportunidades, se ha convertido hoy en un aliado del poder, cuando no su lacayo.

Hoy el periodista -hablo del periodista influyente- está más cerca del poder que del ciudadano, al que se supone debe informar. Y cuando digo cerca, me refiero que está a su lado. El periodista, pues, se ha alejado de sus lectores a quienes da sólo una mínima parte de lo que sabe. Hay quien, obviamente, da una mínima parte que es a su vez todo lo que tiene, es decir, también hay mucho periodista desinformado.

Quisiera diferenciar dos conceptos importantes, un sujeto y un objeto. El periodista y el periodismo. Si periodista quiere decir -al menos así lo empleaban los griegos- el que da vueltas a una cosa, sería bueno analizar cómo es el periodista de hoy, o al menos cómo yo lo veo, para inmediatamente analizar el fenómeno del periodismo. Cómo el sujeto influye en el objeto y no al revés.

PERIODISTAS

Ustedes en su mayoría son antropólog@s, sociólog@s, universitari@s en búsqueda del saber, del por qué de las cosas. Por lo tanto su interés estará en conocer cómo son los periodistas, es decir, cómo yo los veo. Les interesará saber sus mecanismos, cómo funcionan. De su comportamiento podremos deducir qué periodismo hacen y por tanto entrar a analizar el Periodismo de hoy en día.

El periodista hoy:

  • Es más cotilla que curioso. Le interesa todo aunque no todo lo vaya a contar. El interés esta mediado no por la urgencia de informar, sino por el beneficio que pueda obtener de la información.

  • Es listo pero no inteligente, tiene la astucia como arma y con ella intenta buscar lo que quiere. Dos conceptos que difieren en contenido, porque la inteligencia exige compromiso y ética, la astucia en cambio, las evade.

  • Ausente de modestia, se excusa falsamente en que su nombre es su patrimonio, distanciándose del poder de informar y del compromiso ético de ayudar a los débiles. No se trata de ser el Robin Hood de las comunicaciones, sino de entender que hay verdades que valen más por lo que son que por quién las cuenta.

  • Es inculto y poco educado (hay excepciones). Esto se puede apreciar cuando habla, porque utiliza deficientemente el español (desconozco la capacidad de otros para con sus respectivas lenguas) y empuña el arma de la intolerancia para no dejarse convencer de que debería empuñar el arma llamada humildad. La lamentable forma de hablar del político y del periodista han dejado detrás suyo una estela de analfabetismo difícil de superar, en lugar de sembrar detrás de sí algo de lógica.

  • La ambición por ocupar un puesto es su mayor objetivo, por tener un lugar en la sociedad. Su búsqueda representa el atajo más rápido, sacrificando el principio ético de servir a la causa de la información.

  • Busca ser más protagonista que crítico. Hoy en día es más fácil encontrar a periodistas -de esos llamados reporteros de guerra- escribiendo libros sobre sus experiencias en el Hotel Sheraton de Bagdad o su vida junto los políticos famosos del momento que sobre los crímenes de lesa humanidad que se cometen diariamente en la guerra de ocupación de Irak.

  • Es más audaz que valiente, allí donde hay que jugarse el tipo. Cabría preguntarse si esa audacia busca la recompensa final del triunfo más que la valentía de encontrar la verdad para contarla.

  • Como el resto de los mortales, quiere hacerse rico rápidamente.

Hoy en día encuentro pocos calificativos positivos para definir a los que practican esta profesión. Metidos a tertulianos, predicadores, editorialistas, moralistas en suma, muy pocos son los que diariamente salen a la brega diaria en busca de una noticia. E incluso entre estos nómadas de la información, los hay a los que llamaría magnetofones con patas, esto es –ustedes los habrán visto por la televisión- aquellos jóvenes profesionales que armados con un micrófono en ristre persiguen al reo o delincuente de turno por los pasillos de los juzgados, o al político peripatético sin hacerle una sola pregunta. Tan solo se limitan a perseguirlo esperando del personaje algún graznido espontáneo que sea noticia o, algún comentario sabroso provocado por la pregunta de otro, no por la propia.

Y qué decir del gran acontecimiento de unos días atrás, la boda. Hubo que esperar a que otros lo dijeran para informar de que la novia era divorciada. Había cola en la Redacción de TVE para salir en pantalla con algún comentario elogioso hacia la compañera y ya de paso -era gratis- auto alabarse sin ningún rubor. Ejemplos: “Leticia es una periodista de raza, como yo…”; O este otro: “… Leticia me comentaba que mis crónicas gustaban mucho a su novio; ¿Pero quién es tu novio? No te lo puedo decir, pero le encantan tus crónicas” O ese otro compañero que tuvo –yo era testigo- un efímero trato con ella en Kuwait y que enjuiciaba su trabajo con este calificativo “era una todo terreno”. Calificativo que encierra una sibilina auto alabanza porque ya se sabe que quien juzga está revestido de autoridad para el juicio. En fin, miserias humanas que también alcanzan al periodismo.

Por cierto, nadie ha preguntado a los novios cómo se consolida la dinastía histórica de los borbones tras este matrimonio. Si el futuro rey puede llamarse Ortiz, ¿Por qué no López? o mejor aún, ¡Martínez!. De ahí al infinitum y de éste a la República sólo hay un paso.

No somos héroes, ciertamente, y luchamos con escaso vigor por dignificar una profesión sometida a infinidad de presiones y censuras. Todos más o menos tenemos una ex, una actual, una hipoteca, unos hijos, un perro o un gato que alimentar y no queremos correr riesgos a la hora de contar la verdad o hacer preguntas incómodas.

No toda la profesión es así, ciertamente. Alguno, es verdad, lo da todo por la noticia, por la verdad, por la dignidad de su trabajo y ama el periodismo de verdad; cree en la ética de su profesión, la practica y esconde su protagonismo tras la crónica diaria. Pero todos tenemos un precio, y ante la fama (una recompensa como otra cualquiera), es difícil resistirse.

En suma, el periodista no puede, NO DEBE, ser la noticia, su pluma no es el periodismo, el medio no debe ser el mensaje, o la sociedad dejará de creer en nosotros. En ese caso, ¿En quien creerá?

PERIODISMO

Analizado el periodista, analicemos su actividad. ¿Cómo es el periodismo de hoy? Hoy, el periodismo está sometido a quien lo hace y el público se limita a aceptarlo, sin más crítica. Vemos la televisión y sus noticias y nadie se levanta para protestar. Escuchamos la ligereza de los asuntos de la radio y nadie apaga el transistor. Leemos los periódicos y no comprendemos cómo una noticia es diferente según sea difundida allí o aquí.

¿Tenemos el periodismo que nos merecemos? Yo creo que no, pero tampoco hacemos nada por mejorarlo. ¿Por qué los programas ligeros son líderes de audiencia, qué meritos ha hecho Belén Esteban para ser más protagonista que las causas del hambre en el mundo? ¿Qué descubrimiento o investigación ha hecho cualquiera de los que aparecen en la televisión para merecer ser escuchados y vistos? El periodismo televisivo ha cambiado, y si ayer era protagonista de la noticia una minoría, la poderosa, la que gobernaba, hoy este protagonismo se ha democratizado y hasta el portero de mi finca es sujeto de la noticia. Un hecho positivo si no fuera porque alguno de estos porteros juegan al fútbol y sus expresiones son exclusivamente "coño", "joder", "gilipollas", y no sigo por vergüenza. Y tras ellos los entrenadores, verdaderos dueños de la pantalla y del vocabulario más soez, a quienes ni el presidente del gobierno puede disputar en minutos de difusión. Y junto a ellos, alguno de mis compañeros.

¿Y por qué todo esto? ¿Y más aún, por qué en la Televisión Española? ¿Qué garantías puede tener un ciudadano si hasta en las televisiones públicas se ha destruido la verdad, la honestidad, la profesionalidad periodística? Es verdad que una televisión pública no es pública sin público, pero tampoco será pública con el actual contenido. Yo abogo por un periodista universitario porque es la única garantía social de que será universal, ético, comprometido; pero entonces, ¿Qué le pasa a la Universidad que produce este profesional tan mediocre?¿Por qué es más conocido el abogado Menéndez que el laboralista que arrancó la sentencia a Urdaci?¿Por qué los compañeros de prácticas que he tenido en los últimos años -recién salidos de la Universidad- no me preguntan cómo lo hago o tienen más curiosidad por lo que he hecho?¿Dónde está el deseo permanente de saber, de conocer, de hallar y luego de actuar éticamente?

Hemos llegado a un extremo en el que la facundia, la dialéctica, el buen dominio del dominio nos han convencido de que la línea curva es lo correcto y a aquel que sigue sin torceduras se le llama desviacionista porque seguía recto cuando la oficialidad y la moda había optado por doblar el camino.



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