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REFLEJOS ETNOGRÁFICOS

LA METÁFORA ENCARNADA O LA QUINESIA DE LOS TROPOS CULTURALES

Fernando Lores Masip
Universidad Complutense de Madrid

El presente texto se encuadra en el conjunto simbólico y cultural del "ambiente" gay en un barrio madrileño. Entre los aspectos expresivos de dicho entorno, se destaca el fenómeno de la pluma, que se produce a raíz de una determinada cultura que a su vez contribuye a conformar el mismo entorno donde se produce. Los individuos metaforizan la construcción de sus identidades sexuales a través de la expresividad de la pluma, pero también a través de aspectos diametralmente opuestos, tales como la virilidad exacerbada.


Unas breves notas sobre metáforas para romper con la idea que separa el orden material del cuerpo de sus simbolizaciones o, si se quiere, para enfatizar que en el cuerpo se objetivan imágenes, significaciones y valores sujetos a modos de producción y circulación de representaciones que varían en función de la posición y trayectoria social del cuerpo en cuestión. Las resonancias metafóricas de la cultura no han pasado por alto para poetas ni chamanes, que supieron cantarlas o invocarlas y apreciar en ellas las dimensiones expresivas que (re)significan el mundo. La metáfora ha despertado desde Aristóteles el interés de una legión importante de pensadores procedentes de distintas disciplinas y ha dado pie a una bibliografía ingente. Ya en la obra seminal de Frazer (1), en su teoría de la magia simpatética, se presentan la imitación y el contagio como los dos ejes que articulan los procesos de asociación por semejanza y contigüidad. El estructuralismo llegaría a ver en éstos los dos procesos elementales de la estructura inconsciente del pensamiento. La metáfora ha constituido un objeto intelectual de extraordinaria predilección y, desde décadas recientes, algunos autores la integran en una teoría más general sobre los tropos culturales (2). Como objeto de intelección para la semántica, o bien como fuerza en uso para un análisis pragmático, la metáfora por su vis heurística cobró primacía primero sobre el símbolo, para acabar formando parte después de un corpus teórico más extenso en el que se examinan sus interrelaciones con otros elementos figurativos de la cultura (metonimia, sinécdoque, anáfora, ironía, sinestesia); con ello se pretende realzar el papel dinámico de los componentes retóricos de la cultura en la construcción de la realidad social y en la continuidad histórica.

Aquí quisiera reflexionar brevemente -y no exhaustivamente- sobre uno de los aspectos derivados de una investigación en la que intenté aproximarme al campo de la prostitución masculina en el distrito centro de Madrid. Enraizada en una observación más amplia sobre los procesos de constitución de las imágenes corporales y los usos estratégicos del cuerpo en los espacios de interacción sexual, pronto percibí la multiplicidad de connotaciones y sentidos que adquirían las disposiciones corporales en estos escenarios. En concreto, me interesaré aquí por las prácticas y representaciones en torno a la pluma, categoría emic que alude a una forma de comportamiento lingüístico y motor, un conjunto integrado de disposiciones cognitivas y corporales que se adquieren según esquemas culturales de percepción, apreciación y acción desplegados por sujetos en posiciones específicas del espacio social y como producto histórico de relaciones sociales condicionadas por la normatividad de la sociedad heterosexual. No alcanzaremos a describir en este breve artículo las complejas lecturas que pueden hacerse de ella(3); me interesaré por los procesos de incorporación metafórico-metonímicos de la pluma -el proceso por el que la pluma se hace carne, se podría decir-, a partir del trabajo de campo realizado con varones cuyos espacios preferentes de interacción sociosexual con otros varones (saunas, bares y espacios públicos) radican en el distrito centro de Madrid, de unas edades que oscilan entre los 45 y 70 años y de clase media/media-baja. Ajenos al ambiente de Chueca, estos hombres conforman un grupo de aluvión doblemente excluido; por un lado, de la sociedad heteronormativa:

    [Leandro, 57 años] como yo sé que no nos acepta la sociedad, trato de no enfrentarme a la sociedad, trato de vivir como ellos viven, ¿eh?, esto querrá decir a lo mejor que... estás dentro del armario, pero si es lo que la sociedad quiere por qué me tengo que enfrentar...

Y por otro, de la sociedad gay, de la que tanto por experiencia generacional como por condiciones actuales de vida se sienten alejados: (4)

    [Benito, 53 años] ¿El ambiente? A mí no me gusta... no me gusta, no te creas que... me ha gustado de joven, pero... volvemos a lo mismo, yo creo que en el ambiente todo el mundo, todos vamos a ligar, […] y entonces yo el ambiente lo he frecuentado mucho, […] hasta que empecé ya con el tema de la prostitución, en el momento que empecé a ser más mayor, yo voy por ejemplo a un club, al Blanco y Negro [bar de ambiente en Chueca] y digo, bueno voy a mirar a ver quién me mira, aunque no me guste, pero a ver quién se puede quedar conmigo, y pasas un día, pasas otro, y ves que nadie se fija en ti y digo yo qué pinto aquí, por lo menos a mí, me entra una frustración, decir, es que ya físicamente no le gusto a nadie, entonces digo, es como los cantantes, cuando se acaba la voz pues se ha acabado, vives de los réditos […]

    [Enrique, 54 años] Del ambiente qué es lo que no me gusta... la su-per-fi-cia-li-dad, sobre todo los jóvenes, el maricón joven ahora se cree que va a ser joven y bello toda la vida, entonces no hay forma de hacer contacto, además a ellos yo creo que ni les interesa tampoco el contacto con la gente que ya sea un poco más madurita, entonces... se creen que son jóvenes, bellos y guapos toda la vida, que van de... estilazo y demás y no ven la forma profunda de... no sé, de hablar o... que no, que no, que hay una... hay, creo, ahí una zanja o un bache o una frontera de pensamiento entre el joven-joven y el que ya ha pasado cuarenta y cinco, cincuenta años.

Según lo perciben, no encajan en las instituciones del ambiente de Chueca debido a su edad, la falta de atractivo físico -atributo juvenil- y por la poca afinidad con lo que perciben es el estilo de vida propio de los jóvenes. Excluidos de los universos de sentido dominantes en el ambiente, también sus prácticas sociosexuales se desarrollan en la periferia geográfica respecto a los centros privilegiados del placer gay. Además, a diferencia de los sujetos más jóvenes, cuya identidad es posible por la institucionalización de una comunidad gay, la vida de los sujetos entrevistados de más edad viene marcada por la experiencia de la represión, frecuentemente violenta, de la homosexualidad en el régimen franquista.

    [Amancio, 70 años] Eso siempre ha existido, y cuantas más prohibiciones hay más se hace, ya te digo, las prohibiciones que había cuando Franco, […] hay algunos que los llevaron a la cárcel pero es porque los veían venir, eran de esos maricones que van por la calle y se les ve que son maricones.

    [Benito, 53 años] […] procurabas siempre reprimir el sentimiento homosexual, estamos hablando de la España de la posguerra, en la época de la Dictadura, entonces siempre procurabas que la otra persona no llegara a captar que tú también te podías haber interesado en la persona que te miraba, pero al final siempre ellos acababan viendo que pasabas... o sea que tenías una sensibilidad, una forma de ser diferente a un chico normal.

Como la ritualización de conductas en el oficio religioso, o la estilización exigida por la etiqueta en las situaciones protocolarias, tampoco la pluma escapa a su aprehensión dentro de un sentido específico del juego social. Si bien en algunos hombres la pluma se caracteriza por la reutilización de códigos que prescriben un comportamiento adecuado -no sólo sexual-, invirtiendo y subvirtiendo sus significados en el contexto habitual a través de diversos recursos retóricos -la ironía, por ejemplo- para conferirles inéditas connotaciones que destacan la correspondencia entre los roles de género y la orientación sexual (5), en otros hombres de esta edad la pluma se percibe estableciendo conexiones entre las disposiciones sexuales y los atributos de género convencionales. En las interacciones observadas en el campo, la pluma opera como principio generador de disposiciones expresivas y, a la vez, como producto de esas mismas disposiciones: sus significaciones son puestas en movimiento a través de cuerpos en un espacio social cualitativo cargado de referencias a los valores dominantes; las asociaciones con los roles tradicionales de género aparecen muy acentuadas en este grupo (respecto a otras racionalidades gays observadas (6)), y son encarnadas en cuerpos que se desenvuelven en las interacciones funcionando como cadenas sintagmáticas generadoras, a su vez, de nuevos sentidos o variantes tamizadas por la vivencia desautorizada de la homosexualidad. Dentro de una estructura elemental de la significación de los géneros, en el caso de estos hombres la pluma se contrapone y complementa en referencia a otros cuerpos que asumen consignas masculinistas, cuerpos con pretensiones de dominación o supremacía sobre cuerpos pusilánimes. Menos alternativos -disidentes- a los géneros convencionales que otras racionalidades gays, resulta comprensible que sea la masculinidad, con su repertorio de signos, lo que se pone en juego al afirmar la visión disminuida del afeminado alentada desde el ethos heterosexual.

    [Amancio, 70 años] [E: No te gusta la pluma entonces] No es que no me guste, yo la veo bien en algunos, pero no en mí, la veo bien en algunos para reírme de ellos, vaya, para divertirme, pero en mí no me divierte, yo he intentado hacerlo frente al espejo, y me queda muy mal [E: ¿Qué te parece entonces el uso de la pluma?] Pues ya te digo ridículo, ridículo, porque ninguna persona inteligente se arrimará a un señor con pluma, porque le descubre, a menos que quiera ser descubierto.

Uno de los sentidos de la metáfora incorporada, quizá el más inmediato para el sujeto, es su poderosa capacidad para dotar o investir de identidad, su poder de designación y caracterización de subjetividades sociales en un mundo compartido de representaciones posibles: las identidades son indisociables de aquellas alteridades que ofrecen poderosas imágenes de contraidentificación, pues todo sistema de clasificación entraña formas de exclusión de múltiples otros. En las interacciones observadas, se entabla a menudo un diálogo no exento de rivalidad y enfrentamiento entre irreductibles contrarios, entre sujetos que encarnan metáforas con el objeto de optimizar la posición ocupada en el espacio social.

Quisiera aportar algunas notas considerando los efectos de las metáforas en los cuerpos y como éstos, lejos de constituir meros organismos, encarnan selectivamente valores, representaciones y significaciones condensadas que son el producto socialmente determinado de la exégesis práctica en el curso de la vida social. Partimos de la idea de una política semiótica de la representación de los cuerpos, por la cual la jerarquía de las representaciones guarda correspondencia con las relaciones sociales jerárquicas que se despliegan en los lugares de interacción sociosexual, en función del atesoramiento de atributos valorados por el grupo; señalo la expresión corporal de relaciones metafórico-metonímicas que, compartidas en el seno del grupo, proceden de otros campos de experiencia marcados por códigos ajenos que son incorporados según esta subordinación real. Lejos de constituir un colectivo homogéneo, las distintas formas de ser gay expresan la pluralidad de estilos de vida asociados a una orientación sexual estereotipada por la sociedad heterosexual.

Como organizador primordial de la experiencia personal y social, el cuerpo actúa de referente en la estructuración de la sensibilidad, en un espacio y tiempo inmanente a las prácticas sociales y encarnado por los sujetos a través de experiencias cinestésicas. Estas pre-conceptualizaciones corporales constituyen la base organizativa del pensamiento. Se puede afirmar con Lakoff y Johnson (7)que el conjunto de representaciones corporales y la somatización de las estructuras objetivas de existencia por parte de los agentes opera como elemento mediador con la experiencia y como principio activo de constitución de la realidad, como esquema de referencia por el que se ordena el mundo de manera prerreflexiva. Como se ve en el hipocondríaco o en el poseso, las disposiciones corporales son consideradas como estructuras semiótico-cognitivas incorporadas por los agentes, en la medida en que las creencias se toman como estados corporales. Las representaciones del cuerpo son resultado de la inculcación cotidiana de valores socioculturales, sujetos a variabilidad histórica. Los marcos de sentido que manejan los individuos, concebidos como un conjunto interrelacionado de significados a través de los cuales se percibe la realidad y se orienta la acción, son articulados en contextos concretos y desde una experiencia y trayectoria biográfica específicas.

    [Leandro, 57 años] [En conversación informal durante período de observación; nota de diario de campo] Dice: Cuando yo era “gay”... sí, porque yo antes era “gay”, ahora soy maricón. Entonces me lo explica: lo de “gay” es una mariconada; lo de “homosexual” suena a enfermo; yo soy maricona, maricona toda la vida.

Esta idea permite corregir el error intelectualista de pensar la existencia de un discurso hegemónico acerca del cuerpo como objeto de intelección aislado de sus condiciones materiales de producción, al presentar esa discursividad simbólico-cultural en su estado incorporado, como un código semiótico-corpóreo estructurante que condiciona segmentos de la experiencia. Con ello se desbarata la disociación cartesiana que distancia el orden de los cuerpos del orden de las mentes. Sin querer negar la rentabilidad que puedan obtener algunos de la dicotomía -cuerpo y mente- lo que pretendo indicar, siquiera parcialmente y con carácter enteramente provisional, es la complejidad que se deriva de las operaciones semiótico-corporales desplegadas en los intervalos de esta polarización. Aparece la pluma como un locus donde confluyen los movimientos estrechamente interdependientes del cuerpo y la significación, una especie de estrato arqueológico de los cuerpos en lo que tienen de elementos expresivos de valores culturales, de huellas dejadas por la inculcación no inocente de valoraciones sobre el cuerpo, de experiencias sociales y trayectorias personales vividas desde la subalternidad.

A continuación incluyo una serie de extractos de entrevistas que permiten ir desgranado la forma en que los cuerpos son connotados de atribuciones que gozan de una amplia estabilidad en los discursos de los varones homosexuales más veteranos, atribuciones que reproducen, no mecánica sino alusiva y dialécticamente, la distinción heterosexual de las atribuciones diferenciales de los roles de género entre el hombre y la mujer para reapropiársela con sentidos connotados a partir de su propia práctica social.

    [Leandro, 57 años] [E: ¿Qué es exactamente?] ¿Pues la pluma? Pues unos aspavientos, yo pienso, como una válvula de escape, pienso yo también, es una forma de... de quitar tensiones, como gente que a lo mejor recurre constantemente al taco, o a una hiperactividad de ese tipo, pues yo creo que la pluma puede relajar, la pluma yo creo que relaja; siempre que la sepas controlar, que no sea las veinticuatro horas, no, o sea que te llegue ya a...[...] [E: En qué circunstancias...] Cuando estoy con amigos, cuando estoy con amigos, en una situación para reírse, vamos, que la controlas.

La pluma puede ser considerada como caso paradigmático de un proceso de aprendizaje de los usos del cuerpo en el ámbito de la socialización gay. Pluma y articulación de significados recreados individualmente se solidarizan imprimiendo el agente sus acentos propios, los motivos y temáticas cultivadas en la trayectoria más o menos dilatada de ensayos frente a un auditorio. La elaboración propia de la pluma, sacar pluma, es algo que depende tanto de la idiosincrasia y el ingenio personal como de los códigos compartidos por una unidad de socialización. Esta intersección entre el individuo y la normatividad de su grupo de adscripción, exige un intenso trabajo de control corporal, que hace que la pluma revele su carácter reglado según la (im)pertinencia que se estima en función de espacios y tiempos marcados positiva o negativamente.

    [Benito, 53 años] (…) juntándose que era madrileño allí [en Barcelona], y encima mariquita, pues claro la cabeza mía tenía una presión… que ya llegué a una edad, a los quince, dieciséis años, y dije venga basta, entonces me ponía delante del espejo y empezaba a imitar posturas así como de cowboy, a quitarme la pluma, me ponía así [posa en un par de posturas, de pie], a hablar grave, empecé a fumar para que la voz se me pusiera grave, y yo me acuerdo de eso, delante del espejo... haciendo posturitas ¿no? para...[posa de nuevo] [E: De galán], de galán pero más que nada para que no se me viera... bueno la plumita que yo ya tenía, entonces este fue el tema. [...] cuando yo era pequeño era muy afeminado, pero luego, como me gusta mucho el teatro, siempre he estado metido en grupos de teatro de aficionados y esas cosas, pues yo mismo me plantee que eso no podía ser, porque iba a ser la irrisión de todo el mundo.

La pluma no sólo implica esquemas motores y posturas corporales, como el porte y la gestualidad, incluida la vestimenta, sino también ciertos automatismos del lenguaje vinculados a la configuración de la imagen corporal, por ejemplo, la entonación afectada que modula las producciones lingüísticas o el empleo del género gramatical femenino para referirse entre sí varones homosexuales.

    [Benito, 53 años] Uy... de los diez a los quince años yo creo que es la edad peor que pasé, entre la comedura de cocazo de la religión, lo que te he dicho del colegio, fue horroroso; que yo no sé como no me he quedado tarada, porque las hay que se han quedado... que las ha afectado que luego no han sabido... salir de eso, no.

Las producciones lingüísticas vienen acompañadas por toda una gestualidad que refuerza el sentido de las palabras, a la vez que moviliza las capacidades expresivas del cuerpo en su conjunto; esta simbiosis expresiva del cuerpo y el lenguaje, el discurso alentado por todo un andamiaje gestual, sólo cobra su pleno sentido en la medida en que consideremos la imagen de referencia como un auténtico programa de acción social; con ello se quiere enfatizar la capacidad de las imágenes para orientar la conducta de los sujetos o servir como planes de actuación. Los efectos performativos de la pluma se derivan de su uso estratégico en el campo de la homosexualidad masculina; los múltiples significados que adquiere, todos los implícitos, sobreentendidos y doble sentidos (la ironía soterrada o el franco sarcasmo) marcan los espacios y tiempos como espacios y tiempos propios y apropiados, y al auditorio como afín.

    [José, 62 años] en el momento en que salgo de la zona gay o de estar con gays pues entonces no tengo pluma, o trato de reprimirla, cuando estoy con familia, con gente del trabajo... cuando voy por la calle.

En otro orden pero en el mismo sentido, los movimientos del cuerpo en los escenarios de interacción sociosexual se relacionan directamente con los prognósticos o la anticipación de los efectos que esos movimientos corporales tendrán en los observadores durante el curso de la interacción. El jugador, digamos, anticipa el sentido de la jugada, el derrotero de su acción. En el trasfondo subsisten valoraciones ambivalentes de la pluma que revelan su carácter “problemático” en el marco de los referentes de estos hombres: si bien desempeña un papel positivo en determinados contextos (generalmente en entornos «no-marcados» y situaciones lúdicas) y/o como reclamo “para adornarse”, sea en otras circunstancias objeto de disimulo o inhibición a través de conductas de control desarrolladas por los agentes (en entornos marcados como heterosexuales, preferentemente).

    [Alfredo, 55 años] [E: No tienes pluma, me he fijado] Eh... tuve; la procuré aplacar [...] [E: Y te has ido desprendiendo de ella así como quien...] Eh... sí, bastante, sobre todo procuras moderar tus movimientos, procuras un poco moderar un poco... el amaneramiento, pero debido a que también yo tuve trabajos cara el público, y también... tampoco era de ir... pateando por el local y haciendo gestos como una loca, o sea que también es una forma de controlarse uno mismo ¿no?, porque tampoco es desfilar con una camisa y decir que yo soy mariquita o yo soy gay.

Más que en otras racionalidades, el hecho de ser activo o pasivo en la práctica sexual es objeto de una especial discrepancia en torno al modo “apropiado” de ser gay. Todo lo que de arbitrario tiene la lucha por la imposición de la propia normatividad, la consolidación del propio punto de vista, la afirmación de la propia identidad en definitiva, se expresa en este hecho elemental de relacionar la sexualidad a las atribuciones de género. Como una certeza ampliamente asumida, planea la idea de la pluma asociada a la pasividad.

    [Jorge, 45 años] (…) bueno lo más tradicional ¿no?, lo más típico es si tienes pluma... pues más bien eres pasivo [E: ¿Y la pasividad a qué se puede asociar?] Pues la pasividad... pues... yo no sé, las personas pasivas tienen tendencia a una actitud un poco como pasiva ¿no?, pasiva no en la cama sólo, sino... no sé, en... son más, suelen ser... mmmuy, muy afeminados, algunos claro.

    [Benito, 53 años] (...) en la época en que yo era más joven, se buscaba más la diferencia, o sea o macho o plumeo, un poquito femenino...

No obstante, la ambigüedad de los criterios parece manifiesta en esta declaración de un informante, que pone de relieve el carácter inestable, las fisuras que amenazan la estabilidad de los sistemas de clasificación:

    [José, 62 años] para mí puede ser el oso más oso más oso, puede ser el maricón más grande, como puede ser que una persona con una pluma descomunal que sea padre de familia y tenga cinco hijos, que sea más atractivo, porque yo he conocido a hombres muy amanerados que después para mi sorpresa eran machos totales, o sea que... eso también va un poco en el trato de la gente ¿no?

El cuerpo es objeto de una atenta observación en estos espacios y, consecuentemente, de un intenso esfuerzo de “puesta en escena”, un esfuerzo que debe acabar pareciendo natural, espontáneo, no forzado, y que aboca en ocasiones a la hipercorrección o la inhibición de una forma expresiva minusvalorada. El código de la pluma no pertenece a estos hombres por derecho propio, sino en la negociación cotidiana con otros sujetos en estos espacios de interacción sociosexual fuertemente adversos al despliegue de esta forma expresiva. Se manifiesta en esto la difícil relación con la norma que codifica las taximonias de los cuerpos y cómo esta relación repercute en sus movimientos y valoraciones en determinados espacio-tiempos sociales.

A diferencia de otros ámbitos gays donde la ostentación de la pluma señala los elementos diferenciales respecto a orientaciones sexuales más convencionales y subraya una anormalidad pretendida -cumpliendo funciones de reivindicación política, como en el movimiento camp-, aquí la pluma es percibida como un signo de desviación que parece conveniente manifestar con todas las cautelas o, en cualquier caso, percibido como inconveniente a partir de cierta edad. En este como en otros escenarios sociales, los individuos están sujetos a las leyes de envejecimiento que les impone el campo de sus relaciones sociales y que determinan la vigencia o pertinencia de la pluma respecto a la edad.

    [Enrique, 54 años] Porque la pluma es bonita cuando uno es joven y... bueno, bonita, es una especie de adornarse cuando uno es joven o quiere dar a entender a otra persona que... es homosexual, pero toda vez que pasas esta edad no hace falta saber...

La vivencia de la homosexualidad como diferencia -no digamos como contestación de valores pacatos- no es admisible para la mayoría de estos hombres, que tienden a implementar un esfuerzo supletorio de normalización respecto a los valores y estilos de vida de la sociedad heterosexual, en una especie de consentimiento de los dominados con su propia dominación; se aprecia esto en las opiniones que les sugieren algunos de los puntos socialmente controvertidos de las reivindicaciones de los colectivos homosexuales, como la adopción de hijos por parejas del mismo sexo y la instauración de nuevos modelos de familia.

    [Alfredo, 55 años] lo que también veo, en sí, sería un motivo de ley, si yo encuentro una pareja y me hago mayor y esa pareja me es fiel y yo le soy fiel a él, en todos los sentidos, digamos, en cuidarnos, en ayudarnos, en la amistad, que una vez que uno de ellos desaparece que venga después la familia a coger lo trabajado en común, y que encima no tengas ningún derecho, eso sí que hay que repararlo, el tema de las herencias dentro de las parejas de hecho, pero la adopción... yo tengo mis grandes dudas.

    [Amancio, 70 años] Eso no me va [pausa] yo entiendo que... avanzan más rápido que la sociedad [E: ¿Quiénes?] Los gays; entiendo que quieren cosas... que no tienen por qué tener, eso de casarse, ¿y casarse por qué?, ahora dos que vivan juntos que haya un sistema legal para que uno pueda heredar del otro... sus bienes o pensiones o derechos... bueno eso sí, ¿eh?, pero eso de ceremonias eclesiásticas... ni nada de eso, no, o... eso de... cómo se llama... adoptar criaturas, tampoco; no lo veo yo... [E: ¿Qué te parece a ti?] Ridículo; ridículo, porque cuando tenga dieciocho años ella o él, la criatura que sea, siempre dirá: He tenido dos maricones por padres... ¡qué mal suena eso!

Dentro de esta variabilidad en los usos estratégicos de la expresividad corporal, caben discursos sobre la pluma que incluyen elementos de reprobación y son esgrimidos por ciertos homosexuales para descalificar algunos rasgos de la homosexualidad referida a terceros –especialmente aquellos que sean disonantes con los atributos convencionales del rol masculino. Existe un discurso deslegitimador y hasta imprecatorio que asocia unívocamente la pluma a la adopción de un papel pasivo en el encuentro sexual, y todo ello a su vez a cierta imagen del “plumero” devaluado como sumiso y no del todo hombre, afeminado y quasi-mujer. La metáfora es el medio principal por el cual los agentes llegan a ocupar sus lugares y se desplazan en el espacio cualitativo.

[Enrique, 54 años] [E: ¿Te gusta la pluma en otro...?] No, si me gustara iría a buscar plumeras […] porque hay gente muy guapa gay, pero no me gustan esas personas que son gays [E: Sin embargo, tú me dices que la pluma... me dices que tú sí la tienes, vamos que asumes...] ¿La pluma?, sí; pero la plumera... [E: No te gusta verla en otros] En los demás, no, pero la pluma controlada mía también, o sea, a mí tampoco me gusta estar con la pluma todo el día, yo saco la pluma normalmente para hacer una gracia, pero no como una forma de vida, o sea, la puedo utilizar como risa, que es como la utilizo, sí, para reírse, o un momento con los amigos, pero no se me ocurre a mí... ir por la calle hablando y mariconeando por ahí.

La acción de la metáfora ocurre en estos universos de sentidos vinculados a valores radicales de la propia identidad, trasladando a los sujetos a través de posiciones relativas en ese espacio. Los marcos interpretativos de estos varones no son enteramente opacos a las imágenes-tipo sobre los géneros sexuales compartidos culturalmente, y se advierte en ellos la reproducción de la antítesis heterosexual que marca tajantemente las atribuciones “naturales” de sendos sexos, varón-mujer, y que inclina el fiel del prestigio o reconocimiento social en favor del primer término de la dicotomía.

    [José, 62 años] yo creo que la mujer está hecha para ser madre y para educar y que el hombre es para mirar que a la familia más o menos le vaya bien económicamente.

    [Benito, 53 años] [E: Y... yo qué sé, la gente lo usa como algo denigrante hacia el otro... el que sea pasivo] Sí, sí, a veces sí, es decir, eres una pasiva, o sea eres una mujerrr, ¿no?, pero eso es una ignorancia porque... porque aquí no hay ni mujer ni... doncella, aquí hay hombre y hombre, y ya está, hay gente que sí, que lo dice así en plan de... para fastidiarte ¿no?, Eres una pasiva, ay, a mi me han llamado maricón varias veces, pero yo no hago caso, digo, bueno pues mira.

Con la masculinidad como referente casi totémico, la asunción de un papel activo aparece a menudo asociada a lo (genuino) masculino, es decir, a lo hegemónico y legítimo. De modo que la ostentación de los rasgos más groseros de la virilidad (la hombría, la falocracia), su exhibición de la forma más paroxística en los escenarios de interacción sexual, permite a ciertos varones representar su papel activo, reconocido y legitimado en el imaginario cultural de la homosexualidad, frente a la pasividad estigmatizada dada a conocer por el varón que afecta su pluma. Es en este espacio de relaciones en el que los hombres llegan a convertirse en la metáfora predicada sobre ellos.

* * *

La pluma es un complejo semiótico-corporal aprendido y puesto en práctica en el contexto de las relaciones homosexuales, es decir, transmitido a través de relaciones particulares en espacios sociales concretos. Resultado de los efectos que sobre el cuerpo imprime la socialización en el ámbito de las relaciones homosexuales, la pluma es objeto de valoraciones distintas y, como se ha visto, producto de operaciones semánticas y movimientos metafórico-metonímicos. La prevalencia de su uso está estratégicamente vinculada a la construcción de una identidad sociosexual, cargada de significaciones y expresiva a su vez de toda una estructuración de la sensibilidad. La pluma condensa producciones lingüísticas, esquemas motores e imágenes-tipo que confieren identidad a individuos en el espacio social cualitativo, esto es, conocidos y reconocidos por otros agentes que los perciben y aprecian. Está caracterizada por la dramatización de rasgos diacríticos que contribuyen a la identidad social de los sujetos. Además de este aporte identitario y el movimiento afectivo que comporta, la pluma constituye parte de una taxonomía social más amplia alentada por la clasificación heterosexual de los géneros; esta conexión con otros campos de la experiencia vivida como experiencia subordinada, expresa las condiciones de desigualdad estructural que sustentan la producción de identidades.

Como un aspecto expresivo de la cultura, la pluma sólo adquiere plena significación cuando se lee a la luz del complejo conjunto simbólico-cultural e histórico-material del que es producto. Los individuos metaforizan la construcción de sus identidades sexuales como un contraste, una oposición o lucha entre dos polos antitéticos e irreductibles: la pluma y la hipermasculinidad o virilidad paroxística. Esta oposición estructural, en el marco de las relaciones en este grupo de hombres, opera como principio generador de un complejo de prácticas sociales sistemáticas y remite a la conexión establecida entre diferentes órdenes sociales; la experiencia sexual y cultural de la heterosexualidad parecen aportar los mimbres con los que urdir, a partir de vivencias socialmente subordinadas de la sexualidad, la compleja trama de sus significaciones.

Frente a la variabilidad contextual de los símbolos, los tropos culturales manifiestan mayor estabilidad respecto a los sujetos de los cuales se predican en contextos concretos. Bien sea como formas de la experiencia, o como sensaciones de esa experiencia, el complejo metafórico-metonímico de la pluma-virilidad admite su comprensión siguiendo un doble eje. En primer lugar, la relación estructural que divide las atribuciones diferenciales entre los sexos (hombre-mujer) está presente in ausentia al condicionar las imágenes-tipo que predican los sujetos respecto de sí o de otros. Por otra parte, la pluma y la virilidad exacerbada forman parte de las relaciones textuales in praesentia, de las interacciones que dotan de sensaciones a la experiencia, y en última instancia la significan. Esta ambivalencia entre el objeto imaginado y la subjetividad idiosincrásica, entre lo abstracto y lo concreto o entre la diferencia y la semejanza, es incorporada por los sujetos como estructura intelectual que produce identidades y clasificaciones en el sentido de la práctica sociosexual de estos hombres en sus espacios de interacción. Movimiento afectivo ascendente o descendente, la incorporación de tropos culturales nos acerca a la dialéctica inmanente a la vida social, al dinamismo que le es propio; los agentes son transidos por esta retórica cultural, ellos a su vez le imprimen su acento.

Con todo, unos rasgos son más marcados que otros, realzan más que otros las cualidades identitarias y, en este sentido, la identidad predicada de los sujetos, bien por el trabajo individual de forjarse una razón de ser y emplear los recursos expresivos propios para dar cuenta de ella, bien por efecto de la exégesis del auditorio, está fundada sobre los pilares de los componentes más distintivos de la personalidad social, en un intento por diferenciarse y a la vez distinguirse. Se crea esta identidad mediante la conexión de ámbitos de la experiencia entre sí distantes y, en particular, entre los elementos más diacríticos de esos ámbitos. La metáfora de la pluma encarnada resulta de esta operación de diacrisis común a toda identidad y consolida en el campo de las relaciones sociosexuales estudiadas tipos de cuerpos o alteridades enfrentadas basados en imágenes contrapuestas y solidarias de sendas maneras probabilísticas de ser. Al mostrar la forma en la que tropos culturales -la metáfora y la metonimia, en particular- aparecen incorporados en los cuerpos masculinos, se pretende establecer la unión entre lo corporal y lo social, socializando la experiencia corporal y creando experiencia social a partir de las disposiciones lingüístico-corporales. Los cuerpos son el sustrato material más evidente, más vívido, de las posibilidades expresivas de la cultura, de sus desigualdades y asimetrías, de sus códigos estéticos y valores, sus procesos sensoriales y cognitivos. En ellos se inscriben las distinciones sociales y, en definitiva, son el medio para la práctica social y la ocupación de posiciones sociales más favorables. Así, los movimientos efectivos de los pronombres suceden en un espacio emocional y material compartido, reglado según la lógica del demasiado o demasiado poco, y en el que los tropos sitúan a esos pronombres en posiciones relativas de ese espacio y proveen de prolijos planes de actuación y consecución; son estos tropos, por decirlo abruptamente, parte del capital simbólico que atesora un cuerpo social.

En definitiva, la metáfora nos permite apreciar los dispositivos analógicos de la cultura y captar las conexiones entre dominios distintos de la experiencia social de los sujetos y entre regiones diversas del imaginario simbólico de la sociedad. Los antropólogos podemos cartografiar estas racionalidades identitarias y sus movimientos por el espacio social, buscando las inscripciones metafóricas sobre los cuerpos, rastreando las sinuosidades de una obsesión atávica: ¿quién eres? Las metáforas responden con cierta solvencia a las exigencias cognitivas y comprensivas de los individuos y, a la vez, expresan las tensiones de la estructura social; actuando como elementos mediadores que conectan lo inconexo, dan coherencia a la experiencia desde esquemas narrativos más o menos compartidos y consolidados. Es así como los sujetos incorporan y llegan a ser el tropo que se les predica.

Notas

  • (1)Frazer, J.G. (1989).
  • (2) Véase por ejemplo Fernández, J. W. (1991).
  • (3)Remito al lector al artículo de F. Villaamil, «Llevar los tacones por dentro. Identidad, ironía y resistencia», donde se analiza la pluma o el petardeo en el marco de la temática de las identidades estigmatizadas como procesos de resistencia [en Arxius, nº 9, diciembre 2003].
  • (4) Extraído de VILLAAMIL, F. (2004).
  • (5) VILLAAMIL, F. op. cit.
  • (6)VILLAAMIL, F., JOCILES, I., LORES, F., BETRISEY, D., op. cit.
  • (7) LAKOFF, G., JOHNSON, M. [(2001).

    Bibliografía

  • FRAZER, J. G. [(1989) 2ª ed., 12ª reimp.], La rama dorada: magia y religión, México, F.C.E.
  • FERNÁNDEZ, J. W. (comp.) (1991), Beyond metaphor: the theory of tropes in anthropology, Stanford, Stanford University Press.
  • LAKOFF, G., JOHNSON, M. [(2001); 5ª ed.], Metáforas de la vida cotidiana, Madrid, Cátedra.
  • VILLAAMIL, F., JOCILES, I., LORES, F., BETRISEY, D., (2004), «Factores socioculturales relacionados con la realización de la prueba de detección de anticuerpos frente al VIH, y con conductas de riesgo en el colectivo de varones que tienen sexo con varones (VSV)», en Boletín epidemiológico nº 10, febrero 2004, Instituto de Salud Pública de la CAM.


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