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ESPACIO CRÍTICO

IDEAS PARA EL (AUSENTE) DEBATE CRÍTICO EN LA ANTROPOLOGÍA SOCIAL ESPAÑOLA

José Luis Anta Félez
Universidad de Jaén
Click aquí para responder al artículo


En este breve trabajo se plantean algunas de las ideas que han movido el debate crítico dentro de nuestra disciplina. Por otro lado, se establecen los principales elementos que han llevado a que en la actualidad la crítica sea casi nula, mostrando que no sólo tiene que ver con un planteamiento histórico, sino más con aquellos relacionados con los ejercicios de poder y ciertas lógicas de dominio.


I

El debate crítico de la antropología española pasa y, sobre todo, ha pasado por dos grandes concepciones: primero, el tema del lugar que ocupa el propio antropólogo, y, segundo, la capacidad de entender ciertos elementos, generalmente relacionados con procesos de identidad autonómica. De aquí que hayamos tenido que ganar un puesto en la antropología más a base de hacernos con una mirada político-local que estableciendo las bases de una antropología post-nacional. Porque, de ser un país tradicionalmente folklorista y objeto de la antropología de otros, hemos pasado a una antropología compleja y a ser sujetos de la investigación. Y en este marco la crítica, quizás porque era tan fácil de hacer, no se ha realizado. Y, aún así, con un campo tan bien abonado, la crítica que se ha realizado –nadie duda que este ha sido un campo de batalla que ciertamente ha sido muy frecuentado– es al trabajo extranjero, la que ha tomado no pocas veces un lugar predominante sin que se hayan hecho verdaderas ponderaciones críticas y autocríticas.

Pero, curiosamente, el gran debate, o, mejor dicho, el debate que resume gran parte de la antropología crítica, está en relación directa con la institucionalización de la antropología. En este sentido, la larga marcha para llegar a tener una licenciatura en antropología habría terminado generando muchas dudas razonables, antes, durante y después. Pero si la cosa se centrara en este único punto poco problema habría, pues nadie puede pedir a nadie razones para asentarse en un espacio que le es idiosincráticamente natural, como es la relación entre universidad y antropología.

El problema o, más bien, los problemas son de otro tipo y ya habían sido ampliamente señalados por Alberto Cardín: la nula presencia de la antropología en el mundo cultural español y, a su vez, la incapacidad de los propios antropólogos para hacerse notar. Es verdad que la antropología crítica se centra básicamente en la España de los ´80 y principios de los ´90, lo que lo convirtió en un período muy especial, coincidente con el debate paralelo a la institucionalización académica. Parece lógico. Además coincidía con otros puntos que, aunque más sutiles, son realmente más importantes: la aparición de una antropología crítica a nivel global, donde la búsqueda de una antropología propia en México, Brasil, la India y, subsidiariamente, en Italia era reforzada por las constantes relecturas de filósofos franceses en EE.UU., lo que significó un período muy fecundo de renovación y recreación de la disciplina. Los más atentos estuvieron al tanto de estos elementos y, de alguna manera, los incorporaron a sus trabajos y a sus debates.

Por otro lado, de forma tímida se estableció claramente un posicionamiento con respecto al debate entre la antropología post-colonial y la de corte nacional. Este debate, que no deja de ser una causa efecto de aquella antropología crítica a nivel global, tomó en España tintes diferentes a los de otros lugares y, seguramente, por las especiales condiciones en que se realizaba. Pero, sobre todo, porque, sin duda, aquello se daba en un intento de revisión de la historia de la antropología española, donde se trataba de dar profundidad, tridimensionalidad y sentido político. El debate crítico tenía varios frentes, durante años no se pasó de clarificar la situación con respecto a los folklores, lo que abría las puertas a los temas de identidad, religión, economía y política campesina y parentesco. Pero sin embargo, negaba la posibilidad, como definitivamente ha ocurrido, de realizar aproximaciones históricas o de largo recorrido y, a su vez, presentaba unas sociedades demasiado planas y sincrónicas.

Mientras tanto, el debate se llevaba al terreno de qué papel juega una antropología en un lugar sin casi tradición y donde se es un “otro”. Y de ahí hemos pasado a ser parte de un espacio, casi institucionalizado, de un nosotros: nosotros estudiamos a los otros que, también, somos nosotros. Pero claro, la cosa no es un simple juego de palabras, ya que hasta fechas muy recientes –y de manera muy tímida y sectorial– es difícil que nos hayamos sentado en la mesa antropológica con pleno derecho cuando nuestras cartas de presentación eran muy escasas, juveniles y cargadas de múltiples complejos y prejuicios.

Por último, el debate crítico ha devenido en un tímido ejercicio de repensar ciertos elementos asociados al ejercicio teórico. En este sentido, es quizás donde habría de esperarse una mayor concentración de elementos y, sin embargo, no es así. Hay muy poco ejercicio teórico que defender, y, así, el marxismo, el estructuralismo y otras visiones altamente desfasadas, por no decir corrosivas y parciales, campan por aquí como si nunca nada hubiera ocurrido. Además, la generación de teoría está cargada e imbuida de modas que se aplican sin más a visiones cerradas y locales, como si todo fuera posible.

¿Qué crítica se va a hacer con un sistema donde el proceso de academización está cargado de elementos subjetivos y personales? Sin duda el drama se da a muchos niveles. Pero el secuestro de la palabra, en función de una voluntad institucional, es evidente. Durante muchos años, y la cosa sigue prácticamente igual, el sistema para consolidar las plazas de profesorado, titulares y catedráticos, se ha realizado siguiendo un modelo que, basándose en la aparente y sana costumbre de la discusión académica, se ha validado para recrear una suerte de geografía universitaria: los catalanes en Cataluña, los sevillanos en Sevilla (y su entorno) y los madrileños en Madrid. Este ha sido un verdadero obstáculo a cualquier pensamiento crítico, el plegamiento ante los “mayores” por un legitimo plato de habichuelas en el propio entorno. De esta manera, era muy difícil encontrar voces disidentes –siempre que descontemos las cosas al estilo Caro Baroja o Gustavo Bueno–. Las pocas que parecían reaccionar lo hacían bajo el marchamo, doble, de matar al padre y tomar posiciones. Pero, vuelvo a repetir, quizás el problema es que había poca base para la discusión, ya que, además, el problema es que con una antropología tan joven se han tenido que consolidar aparatos temáticos específicos, atendiendo, además, a los nuevos temas de moda.

II

Cabría preguntarse si puede existir antropología fuera de la academia y, concretamente, de la propia universidad. Sin duda debería ser así y la inmensa mayoría de los licenciados en Antropología social demuestran que de hecho es así. No sólo porque la inmensa mayoría provenga de enfermería o trabajo social, sino que coyunturalmente su antropología tiene otros intereses y maneras. Pero, aún así y de los discursos contradictorios que desde la propia antropología universitaria se lanzan, la realidad es que el "núcleo duro" viene únicamente desde aquí. Por lo tanto, la pregunta no es tanto si la antropología puede vivir fuera de la universidad, sino más bien si en realidad existe antropología fuera de los estrechos márgenes de la antropología universitaria. Retóricas aparte, la realidad de la antropología española es que su historia se hace coherente en la medida que miramos desde el punto de vista de la academia universitaria y no tanto desde otros puntos de vista más teóricos, metodológicos o, simplemente, de elección de comunidad.

El debate sobre la situación de la antropología en España ha tenido, hasta fechas recientes, un cariz que podemos decir geográfico: el lugar que ocupa. En este sentido, la constante ganancia de un espacio en las universidades ha supuesto parte de una relevancia social. Existió un momento, cuando el estado de las autonomías reclamaba un lenguaje socio-cultural propio, en que los antropólogos se dejaron ver, pero topó, acto seguido, con el problema de que los antropólogos de entonces eran pocos y vivían a la sombra de departamentos que estaban en un proceso muy incipiente. Pero, a este respecto, hay que dejar claro que la búsqueda de un espacio social no puede significar convertirnos en lo que no somos –y creo que son cosas discutibles, incluso, al día de hoy-: ni comunicólogos, ni rótulos televisivos, ni simples divulgadores. Nuestra relevancia social es evidente que parte de un foro muy limitado, el de nuestros departamentos, congresos, museos y simpáticos documentales. Incluso, cuando un buen número de antropólogos reclama la institucionalización y desarrollo de una antropología aplicada, cuando se pide a gritos la comprensión de nuestros trabajos en foros y medios sociales, además de explicar que nuestro trabajo permite no sólo la comprensión mejor del nosotros, de los otros, de ser más “humanos”, libres y con una capacidad mayor de decisión –un ideario sospechosamente parecido al ejercicio ilustrado más decimonónico–, lo hacemos olvidando quiénes somos, de dónde venimos y a qué nos dedicamos. Es evidente que la batalla universitaria, por donde tendríamos que haber empezado a aplicar nuestra agenda, no está ni de cerca ganada. Es nula nuestra presencia real –que en la universidad significa asignaturas y número de créditos– en magisterio, pedagogía, psicología, filología, derecho, historia o geografía, a la vez que jugamos un papel de comparsa allí donde estamos presentes –humanidades, turismo o trabajo social, por ejemplo–. ¿Qué significa esto?, consecuentemente que prácticamente no pintamos nada en los planes universitarios. Con este panorama qué podemos decir cuando se crea un equipo para desarrollar cualquier tarea en relación con el patrimonio etnológico, donde el antropólogo-etnólogo no es ni una décima parte de la realidad, absolutamente disuelto entre juristas, arquitectos, arqueólogos e historiadores varios. En este sentido, los cuatro antropólogos que trabajan para las diferentes administraciones públicas no hacen si no aplicar la legislación, que no la antropología, y los museos son cotos donde el trabajo de los antropólogos se ve de manera sospechosa. Es evidente que ni la universidad, ni la sociedad, ni la administración nos necesitan, a veces a unos y otros les somos útiles a ciertos elementos justificativos o de legitimación, pero sólo eso.

Claro que no quiero caer en la trampa de confundir lo que somos con nuestro quehacer, pero sin motivo no hay fin. Y sin un lugar es muy difícil decir qué hacemos, quiénes somos, por qué lo hacemos. Y, claro está, una de las causas-efecto de todo ello es, una vez más, la falta de debate crítico al interior de la disciplina. Partiendo de la base de que utilizamos la dialéctica del canibalismo: reconocer que este es el panorama y acto seguido decir que es así con los otros. Nadie se da por aludido, nadie es ese antropólogo acomodado en su cátedra, en su titularidad, nadie es aquél que hizo trabajo de campo y hoy vive de las rentas, nadie es el anticrítico, nadie es el que no tiene ni pautas académicas, ni metodológicas, ni epistemológicas, nadie es al que le faltan lecturas, acudir a congresos o fomentar a la gente joven. Nadie se reconoce en la crítica y, evidentemente, la antropología española, casi sin excepción, cree que su trabajo es único, imprescindible y el colmo de la vanguardia europea, a la altura del mundo anglosajón y sin parangón en América Latina, la India o el lejano Japón. Pero, además, la creencia se hace extensiva a nuestro lugar en la universidad o los cuatro foros a los que acudimos. Dicho esto se puede afirmar que ni el debate crítico tiene sentido, ni tenemos por qué ejercitarnos en él.

III

Se argumentará, no sin falta de razón, que aquí tenemos un buen número de profesionales que visitan, interactúan y debaten con el resto de las antropologías. Y sin duda que es así. Pero, a pesar de que puedan parecer muchos, la realidad es que son pocos. No hay que olvidar, en este sentido, que si queremos establecer un debate mínimo tenemos que observar que la realidad académica no está asentada sobre tres, cuatro o cinco “figuras”, sino sobre un número enorme de profesores que trabajan en el día a día y que ni saben, ni pueden –y, en muchos casos, ni quieren– lidiar con una antropología que salga de los más o menos estrechos márgenes de sus respectivos departamentos y a los que –estoy seguro– el debate que otros y yo podemos reclamar les trae sin cuidado. Todos a lo largo de nuestras carreras nos hemos encontrado con profesionales más preocupados –lo que también es legítimo– por tener poca burocracia, o que las clases no les coincidan con la guardería de sus hijos, que por cualquier otra cosa. Incluso son legión el enorme número de excelentes profesionales que tras una intensiva preparación para llegar a la titularidad lo dejan todo. Pero este no es mi tema, o al menos no lo es directamente. Lo que quiero decir es que el sistema universitario español impone una necesidad imperiosa de tener currículos “brutales” para llegar a un determinado escalafón y absolutamente nada después, por lo que el dispositivo crítico estará siempre ralentizado. Y aquí llegamos a ese punto en que no sabemos si estamos mirando u observando, diciendo o contando, recordando o memorizando. No creo que estemos en un punto cero, al igual que tampoco creo ni que seamos culpables o, simplemente, la solución.

Así, pues, debate crítico existe, pero muy focalizado en temáticas, en especializaciones, en torno a ciertos elementos posicionales, pero obviamente está muy ralentizado, en algunos casos-lugares inexistente en torno a lo que se refiere la antropología española como tal. Y si lo intentamos ver de una manera no mecánica, ni causalista, observaremos que no hay debate porque, primero, no es necesario, segundo, porque no es pertinente y, tercero, porque no existe el marco para que se produzca y reproduzca. Se ha dicho una y mil veces, la ruptura entre aquellos pioneros de la tradición, establecidos en los años ´20 y ´30, y los modernísimos antropólogos aparecidos en los ´70, en última instancia, el profundo cambio de lugar observado a espacio de observación, lleva a las especiales circunstancias donde los profesionales lo sean en función de su status universitario, que no profesional, con todo lo que hemos relatado anteriormente de secuestros, trabajos a destajo y tráfico de becas y servicios varios. Todo ello en un país acelerado y sabiondo, de recelos permanentes y vecindarios política, social y económicamente contradictorios –como cualquier otro sitio, pero, además, muy mal asumidas– han llevado inevitablemente a un paisaje muy ennegrecido. Obviamente el panorama cambia, pero no porque seamos o necesitemos ser más críticos, simplemente porque cada vez más tenemos que buscar fuera un lugar donde trabajar, un lugar donde publicar o, simplemente –aunque no estoy seguro que tampoco se nos escuche–, un lugar para que podamos hablar.

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