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Colombia: Murió el antropólogo, investigador y folklorista Manuel Zapata Olivella, 'el gran putas'


Fuente: El Tiempo

La causa afroamericana y amerindia era su pasión, por eso prefirió la antropología para abordar sus textos. Tenía 84 años. "Yo espero que dentro de 50, 80 años, estos libros que hoy en día muy pocos han leído, me pongan a caminar otra vez en la mente de los lectores", le dijo a Enrique Córdoba Manuel Zapata Olivella.

Dos años después, víctima indoblegable de una larga enfermedad que nunca le cortó la lucidez ni le mermó la creatividad, murió en Bogotá, a los 84 años, el más versátil de los escritores e intelectuales colombianos. Murió lejos de Lorica, donde había nacido, lejos de las costas Caribe y Pacífica, a cuyas culturas consagró sus estudios.

Zapata Olivilla fue médico de carrera y, ocasionalmente, de ejercicio; escritor de vocación: cuentista, novelista, ensayista, dramaturgo; antropólogo, folclorista, caminante infatigable, documentalista, en fin, un "hombre de palabra", como lo definiría Ignacio Ramírez. Era el último sobreviviente de una generación de escritores que había empezado a irse en el otoño luminoso de sus vidas: Héctor Rojas Herazo, Enrique Buenaventura, Fernando Charry Lara, Gustavo Ibarra Merlano. En fin, escritores que cubrieron más de medio siglo de la historia literaria y cultural de Colombia.

Desde Tierra mojada (1947) hasta Changó, el gran putas (1983), la obra narrativa de Zapata Olivella se paseó por las más crudas realidades hasta la alta dimensión del mito. Sus narraciones testimoniales La calle 10 (1960), Detrás del rostro (1963) y Chambacú, corral de negros (1963), abren paso a grandes creaciones como En Chimá nace un santo (1964) y Changó, el gran putas, su vasto, ambicioso, incomprendido testamento narrativo, mezcla de historia y mito, antropología y poesía.

Si una obra resumía la biografía cultural y sentimental de Zapata Olivella era ésta última. El antropólogo, desdoblado en novelista, reconstruía las raíces de la condición afroamericana de nuestra cultura, de su inagotable legado de leyendas y cosmogonías, de las servidumbres impuestas por el unanimismo eurocentrista. Cuando se lea de verdad este fresco novelesco, se encontrará allí una de las obras clave de la narrativa hispanoamericana y del Caribe.

Conferencista en escenarios de tres continentes (América, Asia y Europa), Manuel Zapata había convertido la causa afroamericana y amerindia en una de sus pasiones intelectuales. De allí que prefiriera la antropología como base de sus estudios y que la antropología nutriera sus dos grandes obras narrativas.

Desde 1966, cuando fundó la revista Letras Nacionales, Manuel se propuso inventariar por períodos y temas a la literatura colombiana. Le abrió generosamente sus puertas a una nueva generación de escritores, posterior a García Márquez, de la que hacíamos parte Germán Espinosa, Darío Ruiz Gómez, Roberto Burgos Cantor, Policarpo Varón, Umberto Valverde, Ricardo Cano Gaviria y Alberto Duque López, entre otros. Y fue la generosidad el rasgo distintivo de esa personalidad ciclópea, avasalladora, vertiginosa: nunca descansaba.

Zapata Olivella recibió numerosos premios y distinciones, pero la mayor de todas fue la devoción con que se estudió y estudia su obra en las Academias de América Latina, Estados Unidos y Europa, precisamente cuando las modas editoriales convirtieron a los nuevos lectores colombianos en profesionales del olvido. Changó, el gran putas y Celia se pudre, de su amigo Rojas Herazo -árboles que daban sombra al joven García Márquez de Cartagena- son dos novelas injustamente mal leídas, injustamente 'ninguneadas' por el nuevo mercado editorial.

Dos palabras podrían definir al Manuel de las dos últimas décadas: la curiosidad investigativa y la sabiduría. En tres escenarios distintos, en Bahía Solano, Medellín y Cartagena de Indias, volví a verlo y a hablar en los últimos años con este hombre espléndido, para quien la enfermedad parecía ser un accidente de vida, una vida que compartió con la siempre amable y solidaria Rosa Bosch, la catalana que lo acompañó en una aventura intelectual de casi medio siglo.

¿Cómo veía Manuel el mundo de hoy y del futuro? "Es necesario tratar de contraponer a esa realidad caótica, dolorosa, fratricida, la idea de que siendo todos nosotros multiétnicos, no hay aquí en Colombia nadie que no tenga una gota de sangre amerindia o africana o española", le decía a Enrique Córdoba hace dos años. "Si llegase a tomarse conciencia de que ese mestizaje nos está determinando, no creo que haya alguien consciente de este hecho que se atreva a lanzar una piedra contra el vecino", añadía, soñando en una paz cercana presidida por "la fraternidad."


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