NÚMERO 7. MARZO 2001.
BOLETÍN DE ANTROPOLOGÍA IBEROAMERICANA

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El Carnaval y la cuaresma

De cómo las funciones transgresoras del carnaval se hubieron trasladado al ocio urbano y de cómo la cuaresma se descubre, paradójicamente, como la verdadera transgresión frente al poder y al consumo.

Pequeño ensayo antropológico sin citas pero de sentido común.


Carlos Bezos Daleske

Recientemente finalizaron los carnavales. En Europa los carnavales fueron, en su mayoría, fiestas transgresoras del orden social que se remontan a las saturnalia romanas. Durante estas fiestas se subvertía el orden; por unos días los siervos tomaban el papel de los amos y viceversa. Durante la edad media y hasta el siglo XVIII – es decir, mientras el paradigma eclesiástico tuvo vigencia– los carnavales se extendieron por toda Europa como acto de transgresión previo a la cuaresma. Se celebraban en invierno, pero cercana ya la primavera y no lejanas las matanzas de cerdos (que tienen lugar entre noviembre y enero), cuando los rigores del clima eran menores y las despensas ya no estaban tan vacías. Una población acostumbrada a estar sometida todo el año al poder militar, civil y eclesial, y lo que es peor, a estar autosometida a las severas concepciones morales de la religión, buscaba en aquellos días la liberación de las frustraciones y privaciones acumuladas durante el año. El baile, el canto y los excesos de los sentidos a través de la comida, la bebida y el sexo, pero también de la burla al poder establecido eran la válvula de escape.

El poder político, militar y religioso no sólo toleraba, sino que fomentaba los carnavales porque, pasada la semana de excesos la vida volvía a su normalidad; los ánimos se calmaban, los sentidos se embotaban mediante los ayunos y oraciones de la cuaresma y la frustración no volvía a aflorar hasta el carnaval siguiente. En este sentido, el carnaval europeo, más que una fiesta de la transgresión, es una fiesta que ayuda al mantenimiento y reproducción del orden establecido mediante una corta licencia de varios días y mediante su caricaturización.

La transferencia de las funciones del carnaval al ocio urbano

Mariano José de Larra, un periodista español de principios del siglo XIX, escribió un artículo titulado "Todo el Año es Carnaval" para denunciar la relajación de las costumbres que él percibía en la corte madrileña. Sin pecar de moralista, hoy en día también puede afirmarse que todo el año es carnaval: al menos funcionalmente.

Es decir, las funciones que cumplía el carnaval (válvula de escape, transgresión y reproducción y mantenimiento del orden) tienen lugar todos los fines de semana en las grandes ciudades europeas. Millones de personas esperan al viernes y al sábado para compensar con alcohol, baile y sexo las frustraciones acumuladas durante la semana. El alcohol es una droga desinhibidora: permite a muchas personas expresar la cólera que sienten de varias maneras que van desde simpática hasta destructiva. Permite también romper los tabúes que durante la semana les impiden acercarse a otras personas (en Occidente esta mal visto insinuar sexualidad en ámbitos fuera de la esfera íntima, están mal vistos también el roce y el tacto y las simples demostraciones de amistad en público).

Además de su función de encuentro y contacto social como punto de encuentro, bares y discotecas brindan un espacio para "ser uno mismo" sin guardar convenciones, lo cual se expresa a través de la vestimenta informal, de mostrar la cara alegre, de cierto descontrol. A través del baile el cuerpo siente un desahogo de las tensiones acumuladas durante la semana; el baile permite el aislamiento y la comunión con los demás al mismo tiempo.

Por lo tanto, si la transgresión esta permitida por el poder, fomentada por los diferentes mercados que participan de ella - entretenimiento, bebidas, industria del ocio nocturno, etc. - y ritualizada a través de conductas estandarizadas, ¿cuál es el valor del carnaval si ya no supone ninguna transgresión especial respecto a la transgresión cotidiana?

El carnaval es hoy en día una fiesta más en el calendario laico, un fin de semana prolongado en el cual algunos acuden disfrazados a los lugares de ocio y otros hacen fiestas en sus casas. Salvo en lugares de muy arraigada tradición, como en las ciudades del Rhin católico alemán, el valor transgresor se ha trasladado del carnaval hacia los 52 fines de semana del año.

El carnaval semanal, empero, es un indicador: informa de que de la necesidad de transgredir que en la sociedad campesina y religiosa europea del Antiguo Régimen generaban la explotación, la opresión y el sometimiento al poder en la sociedad campesina podría ser hoy en día mucho mayor que antaño. Tanto,que la liberación de esa tensión tiene que producirse en ciclos semanales en lugar de en ciclos anuales.

La sociedad del ocio como producto de la industria

La sociedad industrial y postindustrial es más liberal y más permisiva que la sociedad campesina: pero esa permisividad es una condición para la supervivencia del propio sistema. La cultura del ocio y del entretenimiento surgió entre los siglos XIX y XX paralelamente a la construcción de la sociedad de masas. El ocio nocturno de fin de semana, el cine, el teatro de variedades los deportes como espectáculo y como práctica de fin de semana acompañan al nacimiento y desarrollo de una clase social diferente al proletariado: los empleados administrativos que cargaban con el peso de las burocracias de control de las grandes corporaciones industriales.

¿Era acaso la vida del contable más dura que la del obrero de fábrica o la del campesino? ¿No es cierto que los empleados gozaron no sólo de mayores ingresos, sino de contratos fijos, seguridad social y de otros factores generadores de seguridad existencial y psicológica? Si es así, ¿porque precisaban de dosis constantes de entretenimiento a diferencia de obreros y campesinos, clases mucho más expuestas a carencias?

La vida del empleado no es más dura, sin duda es más confortable que la del obrero y el campesino. Pero es mucho más aburrida. En el trabajo no directivo de oficinas se suelen aplicar los mismos principios tayloristas que en las fábricas: organización en procesos y división de los procesos en incontables pasos repetitivos. La responsabilidad sobre el proceso es nula. La responsabilidad sobre la producción se limita a cumplir órdenes. No es posible incrementar la productividad, como hacen los obreros en las fábricas cuando se les paga por pieza. No existen sindicatos fuertes ni identidad de clase que den sensación de orgullo por lo que se es y por el trabajo. Y, por supuesto, los empleados no son dueños de la producción, como lo eran los campesinos. La jornada transcurría entre las mismas cuatro paredes, repitiendo las mismas tareas año tras año. El único incentivo eran pequeños ascensos y ligeras mejoras salariales. La única emoción positiva era el enamoramiento de la compañera o del jefe, tan exaltado en las películas sobre empleados de los años veinte. Ante esa vida gris el ocio se abría como una puerta a paraísos que recreaban las fantasías alimentadas por el cine. En Berlín en 1926 había locales con pista de nieve para esquiar, se podían visitar seis países dentro de un mismo café decorado con palmeras vivas, arena para simular el desierto, plantas tropicales auténticas y otras maravillas. Era fácil encontrar pareja sexual y probar variaciones de todas clases.

Hoy en día la vida laboral de los empleados es menos monótona, pero no menos aburrida. Incluso sobre los ejecutivos planea la incertidumbre del desempleo. La presión por obtener resultados a toda costa es – ahora que se han automatizado la mayoría de las tareas administrativas clásicas – muy alta. Vida familiar, personal y salud se resienten. El espacio para "ser uno mismo" es muy reducido, ya que la simulación permanente, la apariencia y la intriga son parte del ambiente normal de oficinas y despachos. Y quien aún no ha entrado en el mundo laboral o lleva poco tiempo en él vive en la ansiedad de la temporalidad, de los salarios bajos, de la imposibilidad de dejar el hogar paterno. Hastío ante la falta de futuro claro, horror a que ese futuro se parezca al pasado de los padres y directamente angustia para quien está desempleado... esos son los síntomas que padecen los empleados o futuros empleados que habitan las ciudades. ¿A quién extraña la necesidad de evasión?

La cuaresma como espacio de transgresión

¿Qué espacio queda para la transgresión cuando ésta es cotidiana, ritualizada e industrializada? ¿Cabe hablar de transgresión o de simple válvula de escape? La respuesta se encuentra en el lugar que antes simbolizaba el orden: la cuaresma. Antes símbolo de penitencia y castigo, de represión y aburrimiento, hoy en día la cuaresma se abre como espacio de libertad y subversión.

Cuarenta días evitando carne y alcohol, cuarenta días absteniéndose de televisión. Cuarenta días comiendo sólo fruta verdura y pescado, cuarenta días cultivando las amistades, la conversación, la lectura y el amor: son seis fines de semana para descubrir la naturaleza, pasar una noche al aire libre, conocer bosques y montañas. Cuarenta días en los que se hace lo contrario de lo que los cánones mandan. Son cuarenta días para "ser uno mismo".

Naturalmente que la cuaresma ni tiene amigos ni publicidad. Y no sólo por la vinculación religiosa que recuerda los tiempos en los que la Iglesia era señora de la moral. Las razones hay que buscarlas en la actual sociedad de mercado: ¿qué se puede consumir de más en tiempos de ayuno?, ¿qué regalos se pueden hacer en tiempo de abstinencia?, ¿qué extras, como son los dulces especiales o las corbatas, se pueden vender? A ningún gran almacén, ninguna fábrica de regalos o alimentos le interesa la cuaresma. Y ninguna agencia de viajes mayorista cuenta el bosque, la montaña o el campo cercano entre sus destinos. Por lo tanto, difícilmente se nos recordará desde los spots publicitarios y las vallas de anuncios que ha llegado una época del año, como las Navidades o la primavera.

La transgresión real ante la sociedad de mercado no es el exceso – porque el exceso está premiado por el mercado. La transgresión consiste en consumir lo esencial y, de paso, descubrir lo esencial.


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