AIBR. Nº 35 Mayo - Junio, 2004

EL PROCESO REPRODUCTIVO EN LOS RITOS POPULARES: DIMENSIONES SOCIALES SIGNIFICATIVAS (1)


Cynthia A. del Río Fortuna

RESUMEN

El presente artículo analiza las dimensiones sociales intervinientes en la dinámica de los procesos de decisión implicados en la reproducción biológica en general y en la anticoncepción en particular entre un grupo de mujeres en edad reproductiva de sectores populares urbanos. Desde la categoría “proceso salud/enfermedad/atención” se da cuenta de las dimensiones sociales que operan y los obstáculos que en cada una de ellas impide a las mujeres de los sectores vulnerables cumplir sus metas reproductivas. Asimismo, la perspectiva de género permite ver desigualdades de poder que toman lugar en la esfera más íntima y que significan fuertes desventajas para la salud sexual y reproductiva de las mujeres. Los resultados que muestra el trabajo son de utilidad para el diseño de políticas que apunten a resolver las dificultades y las necesidades que las mujeres expresan en torno a su vida sexual y reproductiva, teniendo en cuenta las condiciones materiales de vida de las mujeres. El diseño metodológico implicó la realización de trabajo de campo en una zona carenciada del sur de la Ciudad de Buenos Aires, con observación participante y realización de entrevistas semi-estructurada y en profundidad a un total de 30 mujeres.


La reproducción biológica en los sectores populares puede caracterizarse globalmente (y se diferencia estadísticamente de los otros estratos sociales) por un inicio temprano de la maternidad, baja prevalencia en el uso de métodos anticonceptivos, elevado número de hijos, escaso espaciamiento entre gesta y gesta y prolongación del ciclo reproductivo (Llovet y Ramos, 1986; Geldstein, 1997). El conjunto de estas características configura un perfil epidemiológico particular en lo que se refiere a la morbimortalidad materno-infantil, y justifican ampliamente su estudio.

Considerando el proceso de reproducción biológica en los sectores populares urbanos (2) desde la conceptualización del “proceso salud/enfermedad/atención” (Menéndez, 1994), el objetivo del presente trabajo fue comprender y describir las representaciones y prácticas sociales que, en torno al comportamiento reproductivo, tienen un grupo de mujeres de sectores populares de la zona sur de la Ciudad de Buenos Aires. Las mismas pueden ser organizadas a partir de algunas dimensiones en las que se manifiestan los procesos sociales (económicos, políticos, culturales, ideológicos, etc.), y en las cuales se desenvuelven relaciones de hegemonía/subalternidad que operan entre los grupos sociales. Desde esta perspectiva, y retomando el enfoque de género, el foco de interés está puesto en las vivencias que las mujeres manifiestan acerca de su propia reproducción –su trayectoria reproductiva– incluidas sus actitudes anticonceptivas.

El estudio, de carácter exploratorio-descriptivo (3) , se realizó a través de 30 entrevistas semi-estructuradas, y 5 entrevistas en profundidad. Estas técnicas de recolección de información fueron complementadas con la observación participante en sala de espera y en talleres de salud reproductiva que dictaba el personal del centro de salud en un comedor infantil. Los criterios de inclusión a la muestra fueron: tener entre 25 y 40 años al momento del estudio, tener al menos un hijo vivo, y concurrir al CESAC 24 para su atención o la de sus hijos (4) .

Retomando el objetivo del trabajo, las dimensiones que resultaron del análisis de los testimonios relevados, son las que siguen: político-económica, cognitiva (en sentido amplio), ideológico-cultural y de género. Las mismas se presentan por separado para facilitar su análisis aunque, como se refleja en los relatos, se manifiestan simultánea y a veces contradictoriamente.

Dimensión político-económica

Las condiciones de empleo precario –en expansión hace más de una década, producto de las políticas de desregulación y flexibilización laboral– y la creciente desocupación, mantienen a estas mujeres al margen de los servicios de salud de la seguridad social y, más aún, del acceso al mercado de la salud. El desempeño de las mujeres en el mercado laboral en estas condiciones o en situación de empleo informal o "en negro", implica inconvenientes para la atención de su salud reproductiva. En estas condiciones, el uso de ciertos métodos anticonceptivos (en adelante MAC) puede alterar el rendimiento y/o la dedicación laboral de las mujeres, y esto genera el temor de la pérdida del empleo:

    R. – Sí, ellos querían que me poniera el DIU, pero no, no me puse.
    P. – ¿Por qué no? ¿Por qué no querías?
    R. – Y no sé, eso me daba miedo... porque había una chica que le agarraba hemorragia, cada mes le agarraba. Fue cuando yo trabajaba, tenía miedo porque tenía que ir al control y trabajaba con una señora que era, que no me daba casi permiso para ir al médico así, que yo le decía un día que me voy al médico y después “¿Para qué me sirve?” me decía, “Si vas al médico entonces me busco otra”, en esa época mi marido no trabajaba, tenía que trabajar yo nomás, así que...  (Mariana, Jefa, 30 años, 4 hijos)

El único sector al que están en condiciones de acceder –siempre que cuenten con los medios económicos para el transporte hacia el centro de salud, lo cual muchas veces no sucede– es al sistema de servicios públicos, y esto significa invertir muchas horas de espera para su atención, demoras en la entrega de turnos, horarios de atención limitados y más acotados aún para la entrega de métodos anticonceptivos (como se observó en el CESAC 24), etc(5). Las mujeres no siempre disponen de este tiempo, dedicándose prioritariamente al trabajo doméstico y al cuidado de los hijos, cuando no al trabajo rentado. Por esto mismo, resulta imprescindible mejorar las condiciones de atención de los centros públicos de salud a fin de facilitar el acceso a los servicios, ya que la dificultad que actualmente éstos presentan es motivo de discontinuación o postergación de tratamientos anticonceptivos:

    “...ella (la doctora) me decía primero tenés que esperar unos meses, un tiempo hasta que las trompas se hicieran más chicas, después tenía que menstruar para que estea, cuando menstruaba yo, desgraciadamente menstruaba un fin de semana, nunca estaba el médico, o ponele que menstruaba lunes y martes pero esa doctora justo no estaba, y así pasaban los tiempos y pasó todo lo que pasó (...) Quería controlarme todo para que me hagan, hasta que de vuelta al final [quedé embarazada]...” (Francisca, 34 años, 7 hijos, embarazada)

Asimismo, es necesario garantizar la provisión ininterrumpida de métodos de control de la fecundidad para no vulnerar el derecho de las mujeres de sectores populares a decidir sobre su reproducción, limitación que se ilustra con el siguiente fragmento del testimonio de Rosa, quien relata las condiciones en que resultó embarazada de su segundo hijo:

    “Yo tomaba pastillas... Mi marido estaba sin trabajo, no pude comprar ese mes y en la salita no había” (Rosa, 28 años, 4 hijos)

Se requiere voluntad política de generar leyes que promuevan y garanticen el desarrollo de programas de atención de la salud sexual y reproductiva, de modo que la satisfacción de estos derechos no dependa de la capacidad de pago sino que constituya un ejercicio de ciudadanía. Se trata de revertir una larga historia de conservadurismo político –muy influido por la ideología de la Iglesia Católica– que significó políticas de población de corte pronatalista (6). Las mismas refuerzan desigualdades sociales, contribuyendo a la desprotección de las mujeres de sectores populares ante embarazos no deseados y aumentando los riesgos para su salud.

Dimensión cognitiva (o de la distribución social del conocimiento)

La escasa información que tienen las mujeres acerca de la fisiología reproductiva –no sólo al momento de iniciar su vida sexual sino incluso después de los embarazos, y entre quienes venían utilizando métodos modernos de regulación de la fecundidad– es un importante factor de exposición al riesgo de embarazarse inoportunamente, y más aún durante el puerperio, etapa en la que las mujeres reconocen la dificultad para identificar períodos de fertilidad. Por otra parte, la percepción de su escasa fertilidad, a raíz de experiencias de relaciones sexuales no protegidas, junto a la aceptación de un posible embarazo, influye retrasando la adquisición de la conducta anticonceptiva:

    R. – (a cerca del primer hijo) Tenía 3 meses de casada, pero tenía relaciones hacía 2 años... Mientras no me cuidaba no quedé.
    P. – ¿Por qué no te cuidabas?
    R. – Y no sé, yo decía que si quedaba lo iba a tener. (...)
    (del 2º hijo) Vino enseguida... no nos cuidábamos, como con la otra (la 1ª) teníamos relaciones y no quedaba... y la otra tomaba el pecho todavía... (María, Jefa, 37 años, 4 hijos)

Asimismo, persisten temores hacia los MAC modernos al considerar que pueden afectar negativamente su salud o bien la del bebé si el mismo falla (poniendo en duda su eficacia). Este temor tiene por referencia casos allegados a las entrevistadas o bien efectos colaterales adversos vivenciados por ellas mismas, generalmente producto del mal uso o falta de supervisión médica. Todos estos factores se presentan como obstáculos para el inicio o seguimiento exitoso de un tratamiento anticonceptivo con métodos modernos.

Estas limitaciones se vinculan en buena medida con la dimensión antes señalada: por un lado estas mujeres no han podido permanecer en el sistema educativo formal ya que tuvieron que incorporarse al mercado laboral a edades tempranas. A su vez, esta situación se refleja en el asimétrico encuentro con el médico, mayormente esporádico, existiendo lo que Boltanski (1975) denomina “distancia social” en la relación comunicativa médico-paciente cuando este último proviene de sectores socio-ocupacionales inferiores. Según las mujeres entrevistadas, las prescripciones no suelen ser demasiado claras y evidentemente existen dificultades para evacuar sus dudas y temores en cuanto al uso de MAC modernos o cómo manejarse ante la interrupción de las medidas anticonceptivas por motivos no relacionados con el deseo de un hijo (incapacidad económica para adquirir las píldoras, o malestares que ocasionan la remoción del DIU, por ejemplo). En estos casos parece aumentar el riesgo de las mujeres ante embarazos no deseados:

    (del embarazo de su 3º hijo) “Tenía el DIU yo puesto pero qué pasó. Hacía como 5 años que tenía y me lo tenían que sacar porque me estaba agarrando como un virus digamos que estaba haciendo el DIU, y para que me cure yo me lo tenían que sacar, y ahí cuando me sacaron y (sonriendo) ahí vino (señalando a la bebé)” (María Rosa, 29 años, 3 hijos)

Por otra parte, algunas mujeres señalan las pocas referencias entre la población no experta como factor que contribuyó a limitar sus recursos informativos.

Si bien no se indagó el lugar que ocupan los medios masivos de comunicación como canal de transmisión de información entre estas mujeres, es sorprendente la total ausencia de mención entre los testimonios recogidos, considerando que, hoy por hoy, es una fuente de información que no puede ser ignorada. Este hecho puede estar llamando la atención sobre el escaso o nulo tratamiento del tema en los medios, cuando éstos podrían ser utilizados para instruir a las personas acerca de las prácticas que posibilitan su bienestar en términos de salud sexual y reproductiva.

Cabe mencionar sucintamente aquí que, a pesar de la distancia que caracteriza los encuentros médico-paciente, a partir de los mismos –y pese al abismo que pueda existir entre médico y paciente en cuanto a sus realidades sociales y materiales– estas mujeres han ido construyendo cierto saber. El proceso de avance del modelo médico hegemónico en el campo de la anticoncepción se observa en la forma descalificativa con la que las mujeres que en la actualidad se protegen mediante el uso de MAC moderno –por prescripción y bajo supervisión médica– se refieren a la etapa en que solían cuidarse con métodos tradicionales (yuyos, calendario, coito interrumpido) o bien con métodos modernos auto-administrados o por recomendación lega.

Dimensión ideológico-cultural

Se observa entre varias mujeres una importante valoración de los métodos tradicionales de control de la fecundidad. Por un lado, pueden considerarse las terapéuticas tradicionales no medicalizadas, como infusiones de yuyos. Sobre este tema dos actitudes merecen tenerse en cuenta: por un lado, la que manifiesta María, quien a pesar de referir que los yuyos son eficaces a partir de experiencias de otras mujeres, ella misma no los utiliza por falta de confianza:

    R. – ... allá hay mujeres que se cuidan con yuyos... hay como un yipó (término nativo) acá no sé cómo le dicen (le pregunta a la mayor de las hijas cómo lo llaman) una soga, esas cosas que se colgaban en los árboles allá en Misiones (la chica no le entiende)
    P. – ¿Una liana?
    R. – Eso.
    P. – ¿Y con eso hacen qué?
    R. – Con eso lo hierven y toman las mujeres para no tener bebé, y a eso se llama isipomilomber, y eso hacen las mujeres y toman para no quedar embarazadas.
    P. – ¿Y qué resultados da?
    R. – Y yo pienso que les debe dar resultado, yo no probé de eso.
    P. – ¿Conocías mujeres que tomaban eso y que más o menos controlaban el tema de los hijos?
    R. – No, mis hermanas. Mis hermanas no tienen tantos hijos.
    P. – ¿Y se cuidaron con eso siempre?
    R. – Sí. A mi hermana la que me sigue a mí tiene 2 hijos solos. Y ahora, después que el varón tuvo 12 años tuvo otra vez, y se cuidaba con eso.
    P. – ¿Y vos por qué no quisiste cuidarte con eso?
    R. – No sé, porque a mí no daba valor que eso te iba a cuidar.
    P. – No creías.
    R. – No creía, y acá hay en esos que venden remedios de yuyos que venden. La chica ésta que te trajo (por la chica que me indicó dónde vivía María), ella se cuida con eso nomás... tiene 2, pero hasta ahora no se ha quedado embarazada y el menor debe tener como 2 años o 3, así que, pienso que debe dar resultado. (María, Jefa, 37 años, 4 hijas)

En el sentido contrario, Mariana sostiene la efectividad de los yuyos(anticonceptivos) a pesar de que no tuvieron el efecto deseado (ya que resultó embarazada de su 4ª hijo), concluye que le fueron prescritos erróneamente:

    “Sí, después que la tuve a la nena, después le saqué el pecho, después era que vino la señora esa y trajo 3 paquetes de yuyos a otra chica y ella no le compró, y entonces le compré yo. Le dije que iba a tomar. Y tomé hasta que, se ve que me limpió el útero, me hizo bajar un flujo 15 días de corrido, y me quedé rápidamente, embarazada. Eran efectivos, pero la señora me dijo que los había tomado mal porque me había dado paquete equivocado... Se ve que eran para una limpieza.” (Mariana, Jefa, 30 años, 4 hijos)

Otros métodos no medicalizados, y cuya responsabilidad recae en el hombre –ritmo menstrual, retiro, preservativo– son valorados por distintas razones. Cabe aclarar que, sin embargo, muchas veces no son reconocidos como MAC, quizás porque no implican la intervención técnica del propio cuerpo (como lo hacen la anticoncepción hormonal –oral o inyectable– o los dispositivos intrauterinos):

    “Antes no nos cuidábamos, no nos preocupaba... no nos cuidábamos con medicina, sí con la fecha. Recién acá fue que nos empezamos a cuidar, cuando fui a tener al nene los médicos nos dijeron, en charlas que hacían en la Maternidad Sardá, cómo nos podíamos cuidar” (ahora se cuidan con preservativo) “Porque es más saludable” (Rosario, Jefa, 35 años, 2 hijos)

Uno de los motivos de preferencia de estos métodos se deriva de que, a diferencia de los métodos modernos, por un lado, no son asociados con efectos secundarios adversos, y por otro lado, implican menor inversión de tiempo de control médico. Más allá de los motivos de preferencia y las distintas actitudes ante los métodos que denominamos tradicionales (aunque con excepción del preservativo), es importante destacar que, cuando son “practicados” por sectores ideológicamente subalternos, los mismos suelen recibir la burla y la descalificación de los profesionales de salud, viéndose obstaculizado también de esta forma el acceso a los servicios. Por otra parte, como se verá a continuación, la elección de estos métodos suele estar mediada por la negativa del varón a usar preservativo.

Dimensión de las relaciones de género

La vigencia de métodos más tradicionales o “naturales” (ritmo, retiro) es usual en el ejercicio de la sexualidad en los sectores populares. Estas prácticas resultan muchas veces de la imposibilidad de las mujeres de negociar el uso de preservativo con su compañero, lo que resulta en la desprotección de aquellas, no sólo ante embarazos no deseados sino también ante enfermedades de transmisión sexual y VIH/sida. La actitud de los hombres que se niegan a usar el preservativo es identificada como “machista” por las propias mujeres:

    – ¿Porqué eligió esa forma para cuidarse (píldoras)?
    – Es la que me resulta. Mi marido preservativo no quiere usar porque es muy machista (Aurora, 32 años, 6 hijos)

Como muestra el testimonio citado, ante la negativa del varón algunas mujeres decidieron hacerse cargo ellas mismas del control de la fecundidad recurriendo a métodos modernos, en este caso a través del uso de anticonceptivos orales.

Otra de las desigualdades de poder en la esfera íntima se refiere a la subordinación económica de las mujeres. En casos como el de Francisca, se manifiesta la desprotección a partir de la negación de su marido a facilitarle los medios económicos para el cuidado anticonceptivo, vulnerando así el deseo de controlar su fecundidad:

    P. – ¿Y cuándo quedaste del de 8 años (su 5º hijo)?
    R. – ¿El de 8 bueno, así de prepo, no? Justo me separé, yo me separé y apenas, buscar no lo buscamos, porque recién me separé, era como que ni cuenta, no me di ni cuenta, era rápido. Yo me separé, yo ya estaba con Carlos de antes, pero me cuidaba con los dos.
    P. – ¿Cómo te cuidabas?
    R. – Tomaba de vuelta las pastillas (...) Sí, y después ahí dejé en diciembre, noviembre, no es que dejé, me quitó Clemente, cuando él se enteró que yo andaba con Carlos me quitó, me dijo que no, era como diciendo...
    P. – ¿Qué te quitó?
    R. – Los anticonceptivos me quitó, como diciendo no voy a estar pagando, él, si ando con otra persona, esa supongo que era la idea de él, y me quitó y ya no tomé más. Aguanté hasta febrero nomás, me separé... (...)
    P. – ¿Y con Clemente seguías teniendo relaciones?
    R. – Sí, pero me cuidaba, de alguna forma me cuidaba, él también se cuidaba mucho.
    P. – Ah, cuando te sacó las pastillas se empezó a cuidar él.
    R. – Sí.
    P. – ¿Usaba preservativo?
    R. – No. Así nomás... (Francisca, 34 años, 7 hijos, embarazada)

Otro aspecto de las limitaciones vinculadas a las relaciones de género se refiere al escaso tiempo que las mujeres pueden disponer para la atención de su propia salud, siendo que en lo cotidiano se dedican principalmente al trabajo doméstico y al cuidado de los hijos. El tiempo disponible para su atención es aún menor en el caso de las jefas de hogar, sobre todo en las condiciones de empleo corrientes, descritas anteriormente.

Las dificultades que encuentran muchas mujeres para compartir la responsabilidad del cuidado anticonceptivo es frecuentemente ignorada por los profesionales de salud –que no tienen en cuenta la presencia de relaciones de poder al interior de las parejas– y no les permite disfrutar de su vida sexual sin el temor a embarazos no deseados. Sin embargo, fue observado en los talleres de salud reproductiva –luego de la enfática promoción del uso del preservativo– la explicación de MAC de control femenino (incluyendo una breve descripción de la fisiología reproductiva y con ello del método de control del ritmo menstrual) esperando la espontánea difusión a través de las mujeres que asistían al taller hacia sus compañeros y hacia las mujeres no presentes, haciendo uso de canales de comunicación informales. Por otra parte, si bien como segunda opción, se recomendaba el uso “a escondidas” de algún método moderno para regular la fertilidad, indicando en este caso los anovulatorios orales o el DIU.

A modo de conclusiones

La experiencia de estas mujeres, que en todas las dimensiones analizadas se encuentran en posición subalterna, exige la intervención pública a fin de reparar su situación de vulnerabilidad.

Si bien el reconocimiento de los derechos sexuales y reproductivos en la arena política, producto de la lucha de los movimientos de mujeres, marca un punto de inflexión a partir de su inclusión en la agenda de salud pública reconociéndoles estatus de Derechos Humanos y ligando la salud a la noción de ciudadanía, aún queda por garantizar la realización efectiva de los mismos.

En este sentido, no sólo las políticas de población (que apuntan a determinado patrón de fecundidad) y las normas vigentes –en el plano jurídico y legal– funcionan como “marco” para la acción y elección. También el desarrollo de macro-procesos que se manifiestan en las condiciones materiales en que viven los grupos sociales –creciente exclusión de amplios sectores, procesos migratorios que involucran mayormente a personas en edad productiva (y reproductiva), precarización de las condiciones de trabajo (flexibilización laboral), tercerización y cuentapropismo, desprotección social– atentan contra la salud sexual y reproductiva de la población, especialmente de las mujeres y fundamentalmente de las mujeres pobres.

En este sentido, promover la equidad y la justicia social resulta un punto de partida fundamental para ampliar el disfrute de los derechos sexuales y reproductivos hacia los sectores vulnerables. En este aspecto, el Estado es el único agente en condiciones de actuar a través de la redistribución de recursos, garantizando una mejor calidad de salud y mayor libertad de elección para crecientes sectores pauperizados de la población.

Las políticas públicas específicamente orientadas a la promoción de la salud sexual y reproductiva son esenciales para la realización de los respectivos derechos. En cuanto a las metas reproductivas, debe ser garantizado el acceso a métodos anticonceptivos seguros para aquellas mujeres que lo deseen, en un marco de respeto por sus deseos y actitudes y en una comunicación clara y franca. Asimismo, se deben implementar eficientes mecanismos de monitoreo y control que velen por la real aplicación de los programas de salud sexual y reproductiva en los servicios de salud.

BIBLIOGRAFÍA

  • Boltanski, Luc (1975), Los usos sociales del cuerpo. Ediciones Periferia, Buenos Aires.
  • Geldstein, Rosa (1997), Mujeres jefas de hogar. Familia, pobreza y género. Cuadernos del UNICEF Nº3, UNICEF Argentina, Buenos Aires.
  • Llovet, Juan José y Ramos, Silvina (1986), “La planificación familiar en Argentina: Salud Pública y Derechos Humanos”, en Cuadernos Médicos Sociales. N°38, Rosario.
  • Menéndez, Eduardo (1994), “La enfermedad y la curación: ¿Qué es medicina tradicional?”, en Alteridades. Año 4, N°7, UAM-Iztapalapa, México.

    Notas

    (1) El presente trabajo es una versión acotada de algunos resultados de una investigación que concluyó en la tesis de licenciatura en Ciencias Antropológicas (Universidad de Buenos Aires). Se terminó de escribir en junio de 2003.

    (2) Se entiende por “sectores populares urbanos” al conjunto de residentes en barrios caracterizados por condiciones de precariedad habitacional, por trabajadores no calificados o de baja calificación y población adulta con bajo nivel de escolarización, y por su ubicación geográfica marginal. Como se verá, los sectores así definidos incluyen gran heterogeneidad social.

    (3) El trabajo de campo se realizó en la Villa Nº3 o Villa Fátima en el barrio de Villa Soldati, zona sur de la Ciudad de Buenos Aires, entre octubre de 2001 y enero de 2002. Las entrevistas se tomaron en su mayoría en la sala de espera del CESAC 24, Centro de Salud y Acción Comunitaria, que pertenece al Área Programática del Hospital Piñero.

    (4) Con fines comparativos, la muestra fue subdividida en ocho cuotas resultantes del cruce de variables consideradas significativas a fin de explorar diferencias y similitudes entre los grupos así delimitados. Las variables y los rangos establecidos fueron: a) número de hijos: hasta 3 – más de 3; b) edad de la mujer: 25-32 y 33-40 años, y c) jefatura de hogar: “jefas de hogar” y no jefas. Se definió operativamente “jefa de hogar” a aquella mujer que realizaba o había realizado, el mayor aporte económico al mantenimiento del hogar en los últimos seis meses (al momento del trabajo de campo).

    (5) Hay que decir, sin embargo, que en muchos casos la calidad de los servicios es evaluada con un alto nivel de satisfacción por las usuarias.

    (6) El carácter pronatalista al que nos referimos fue resaltado con las restricciones de los años '70: primero el decreto N° 659/74 y, en los años de la última dictadura, el decreto N° 3938/77, ambos aludiendo a necesidades estratégicas de orden geopolítico. Entre otras medidas, eliminaban los servicios de asistencia médica en cuanto a la anticoncepción que funcionaban en el sistema público de salud, impidiendo la regulación de la fertilidad a los sectores de bajos ingresos.


     


  • AIBR -El Rincon del Antropologo