ESPACIO CRÍTICO

Estampas de El Ejido ESTAMPAS DE EL EJIDO (Ed. Taurus, 2001), de Mikel Azurmendi


La publicación del libro "Estampas de El Ejido" de Mikel Azurmendi, presidente en España del foro para la integración social de los inmigrantes, provocó el pasado mes de marzo la reacción crítica de un amplio grupo de antropólogos, reflejada en charlas, concentraciones y manifestaciones públicas, según informó AIBR en el número 18 (marzo). El impacto cultural y social que la inmigración está provocado en España, implica para los antropólogos el enfrentamiento ante un tema candente. En esta colaboración, Ubaldo Martínez desgrana las razones de la postura de numerosos catedráticos y antropólogos frente a esta obra.


Todas las obras en las que se trata de analizar alguna sociedad distinta de la del autor, y esta lo es, requieren un cierto aprendizaje sobre los presupuestos mínimos sobre lo que esta sociedad se asienta y esto puede llevarse a cabo de muy diversas maneras. Se puede profundizar más o menos, adentrarse de algún modo en los meandros de esta sociedad o verlo superficialmente. Ya se trate de un reportaje periodístico rápido o de un sesudo análisis antropológico, es necesario documentarse previamente. Con ello puede bastar la lectura seguida de un libro de antropología, sociología, geografía o historia sobre las gentes de las que se quiere hablar. El primer defecto de este libro es que esto no se ha hecho. El autor da la impresión de haber llegado al lugar en paracaídas sin información alguna sobre los inmigrantes que iba a estudiar y cuando falta la información estas lagunas se llenan inmediatamente con prejuicios, algunos gravísimos, como vamos a ver. Lo peor de este libro es que esta lleno de convicciones muy profundas pero también de lagunas en el conocimiento tan profundas o más.

Lo primero que me llamó la atención fue una observación que se repite más de una vez sobre la “cultura del trabajo” de los inmigrantes que vienen al Poniente Almeriense. El autor afirma que “el inmigrante no sólo no viene de una cultura del trabajo sino de una que podíamos simplificar como más próxima al ocio, pues por muy diferentes que sean entre sí las diversas sociedades jerarquizadas parentalmente desde Marruecos a la costa guineana del África Atlántica, todas poseen el rasgo común de privilegiar el trabajo, en cuanto es suficiente para adquirir el sustento diario, y cuanto menor sea su dureza más éxito social y reconocimiento poseerá la familia” (pág. 306). Se trata de una observación cuya falsedad se resuelve mirando un atlas y comprendiendo que en esta zona de África Occidental junto al Norte de África hay al menos 17 países con ciudades inmensas como Lagos, Abidján o Casablanca, ya en Marruecos, con tejidos industriales sofisticados. Peor todavía más inquietante es afirmar que “no vienen de una cultura de trabajo sino de una próxima al ocio” (pág. 306). Muchos de estos lugares han sido los lugares centrales de la práctica de la esclavitud y, como todos sabemos, la cultura de los esclavos es una cultura del ocio (!).

Otra observación que llama la atención: “Todos convendremos sin dificultad”. Dice el autor. “en que el robo de una bombona de butano es de poca monta y que su tramitación judicial puede entorpecer la justicia más que restituirla. Sin embargo vistas las cosas culturalmente desde el Ejido, eso es un gran error pues implica hacerle creer al norteafricano que robar no es castigado aquí, no al menos robar a diario enseres por...valor de menos de 50,000 pesetas. Este inmigrante proviene de una sociedad donde está tan castigado el delito de robo que, hasta hace poco, podía ser penado con ser seccionada la mano del delincuente, porque en la sociedad tradicional siempre ha constituido un valor de convivencia primordial el respeto de los bienes ajenos (pág. 327).

El primer error es afirmar que en la sociedad marroquí que es de donde viene la mayor parte de los inmigrantes de El Ejido, por el delito del robo “podía ser seccionada la mano del delincuente”. En Marruecos, que no es Arabia Saudita ni Afganistán, jamás se cortó la mano por robar. Entre Marruecos y Arabia Saudita hay una distancia grande que se comprende mirando el mapa. Otra cosa que llama la atención es la insistencia en que “en la sociedad tradicional siempre ha constituido un valor de convivencia primordial el respeto de los bienes ajenos”. Como si en nuestra sociedad se practicase el comunismo primitivo. Como al autor le falta la información más elemental sobre que ocurre en el lugar de origen, esta falta se llena con un prejuicio absolutamente reaccionario, cual es la idea de que la justicia de nuestro país es tan suave que “no sabemos a donde vamos a llegar”... que parece ser la moraleja del párrafo que ahora se analiza.

Como no quiero aburrir al lector no tomaré más que un elemento más. En la página 356 se ofrece toda una invectiva contra “un sector de universitarios, por lo general antiguos marxistas, que han creado un alumnado absolutamente sometido y acrítico, sobre todo antropólogos –y con frecuencia de extracción eclesiástica- así como también algunas ONG, han adoptado esa idea de los marxistas americanos de suplir la lucha de clases contra el capitalismo por la lucha de las culturas contra el sistema”. Da la impresión que para el autor del libro se trata de todos los marxistas americanos. Pero llama más la atención la observación de que estos marxistas suplen la lucha de clases por la lucha de las culturas. Es difícil entender qué se quiere decir pero si lo que se afirma es que entre los “marxista americanos” ha sido sustituida la lucha de clases por la lucha de las culturas como instrumento de análisis, hay que decir que esta substitución ha sido llevado a cabo por autores que no tienen nada de marxistas tales como Daniel Bell, Samuel Huntington o el propio Clifford Geertz mientras que yo no conozco a ningún marxista serio que haya llevado esta sustitución. Afirmaciones generales sobre los marxistas americanos o los antropólogos americanos son frecuentemente o banalidades o errores manifiestos.

Si no me equivoco mucho, esta idea no es propia del doctor Azurmendi sino que está expuesta en un libro de la misma colección, el libro de Sartori, y el autor lo toma sin citarlo. Con ello entramos en el capítulo de las referencias bibliográficas. Todo libro, por elemental que sea, cuando se pretende hacer un análisis de un hecho social, tiene que basarse en un mínimo conocimiento de la literatura sobre la materia. Cuando se observa “Estampas de El Ejido” se descubre que no hay ninguna bibliografía al final, solo un puñado de trabajos cuyas conclusiones por regla general se critican. Un lector benevolente puede pensar que se conoce la bibliografía pero que no se ha citado para no ser pesado o pedante y para darle agilidad al trabajo. Yo pienso que en realidad lo que ocurre es que no se conoce. Cosas tan básicas como es la propia idea de inmigración se ofrece sin ningún tipo de reflexión. La única idea básica sobre el proceso migratorio que se ofrece es la que podíamos designar con el término de la hospitalidad. A lo largo del libro se insiste en que los inmigrantes son como huéspedes en el país que los acoge y como tales han de comportarse. Frecuentemente se hace la pregunta retórica ¿Qué pensarían en Marruecos si yo fuera allí e hiciera esto o lo otro? Nada malo hay en la utilización de esta imagen. En Europa fue utilizada en los años 50, 60, 70 y de hecho tuvo una consagración en la palabra alemana “Gastarbeiter”. No vamos a entrar ahora en el análisis de lo que esta imagen trae consigo. Castles ya lo ha dicho hace tiempo. Pero la idea de huésped lleva consigo connotaciones muy diversas tales como las de una persona desvalida, sin derechos, a la que todo aquello que se ofrece se le da graciosamente. En contraposición a ello hay que tener en cuenta que los inmigrantes son trabajadores que llegan a llenar una demanda del mercado del trabajo y que por ello tienen unos derechos básicos que pueden exigir desde el principio. Pero esto parece una observación demasiado sutil para un libro como este. Lo más terrible son las observaciones que el autor hace sobre la “sociedad de los inmigrantes”. Hablamos en estos términos porque así lo hace el autor. En primer momento se tomarán 3 o 4 párrafos y después se hará un análisis breve.

En un momento de la obra se dice: “Pero también he advertido que más que a una causa ideológica que actuaría en la producción de esas divergencias (verbigracia el racismo de esta gente o la supuesta historieta facciosa del moro contada secularmente en suelo andaluz) existiera una causa específica tal como la especial disposición de muchos trabajadores marroquíes a ahorrar el máximo en el menor tiempo posible a costa de soportar una vida penosa y hasta vejatoria. Es decir advierto en muchísimo de ellos, por no decir en su mayoría, una disposición hacia la autodegradación del limite de la dignidad personal” (pág. 346).

Me parece que hay que entender aquí que la mayoría de los marroquíes están dispuestos a degradarse como personas, pasando incluso el límite de la dignidad personal en aras de ahorrar y por ello viven en una condiciones de vida que no son aptas para personas humanas. Hay tres cosas que llaman la atención. La primera es que si se lee el libro se descubre que también los ejidenses ahorraban y en un principio vivían en condiciones precarias, pero mientras que estos eran titanes, “héroes cotidianos”, en esta situación los marroquíes se autodegradan. En segundo lugar, esta autodegradación no parece responder a ninguna circunstancia objetiva, externa a los propios marroquíes (la falta de agua, las malas condiciones, los precios altos del alquiler, etc) sino que responde a una disposición a ahorrar. Como el libro no es un dechado de claridad , no sabemos si la palabra “disposición” significa que la gente “esta dispuesta a...” o tiene una “predisposición a...” Por último hay que insistir en que esta observación es un ejemplo típico de acusar a la víctima de aquello de lo que es víctima.

La segunda observación es bastante llamativa también. El autor esta hablando con uno de los personajes de la obra y afirma: “Por eso le digo a Carmen que no poder contar con que los inmigrantes te digan la verdad es un handicap muy serio: sería de poca monta si fuera que la s zalamerías ya no se estilan aquí, pero es que resulta que tampoco conduce a la democracia ni a la ciencia, porque no llevan a entenderse las gentes entre sí. Pues cuando no hay veracidad ni crítica como base del acuerdo se tiende a recurrir a la constricción y a imponerse por vías de hecho” (pág. 99). Si tenemos que tomar este párrafo tal y como esta escrito hay que fijarse en la primera fase según la cual no se puede contar con que los inmigrantes digan la verdad. Aquí no se trata de “muchísimos” o de “la mayoría” sino de los inmigrantes en general que no dicen la verdad. Esto parece muy grave como acusación, pero no extraña nada dentro del libro. En el propio texto hay otra observación más sorprendente todavía. Se trata de otro contexto en que el autor entra en contacto con otro personaje, Diego, que “...habla de cierta contradicción entre lo que dice y lo que hace la religiosidad de los marroquíes, muy dados a exteriorizar lo que no son” (pág. 255). Posteriormente afirma el autor que Diego “comparte plenamente nuestros valores, no acepta la incoherencia entre lo que decimos y hacemos nosotros mismos. Que es por lo que, menos aún acepta la cultura árabe, reforzado en la religión de la vergüenza externa y del control exterior a uno mismo”, (pág. 256). “Los marroquíes son muy dados a exteriorizar lo que no son”. Me imagino que se tratará de una cierta hipocresía que se refuerza por una “religión de la vergüenza externa y del control exterior a uno mismo”. Este es el resumen”benévolo” que el autor ofrece del Islam marroquí.

Por último sería importante fijarse en una última descripción de lo que son los inmigrantes. Según el autor: “lo más propiamente étnico que traen determinados trabajadores inmigrantes (una minoría de ellos) es la propensión a supeditarse a mafias de extorsión y sometimiento personal; y casi lo únicamente étnico de la mayor parte de los inmigrantes africanos son sus intenciones de promoción personal dentro del reforzamiento de las redes clánicas de la familia tribal (y prácticas como la poligamia o la ablación del clítoris no son sino meras consecuencias de esa supeditación de la persona a su clan de origen). En cambio, sus lengua maternas y nacionales, pues los inmigrantes africanos suelen hablar generalmente varias lenguas, no son un tesoro étnico sino el dispositivo universal que trae el inmigrante africano...” (pág. 357). Quiero subrayar que hay muchas cosas que no se entienden. En primer lugar no entiendo qué significa “redes clánicas” ni “familia tribal” y tengo que recordar que cuando era joven tomé un curso en Columbia University impartido por Morton Fried que se titulaba precisamente “What is a tribe?”. En segundo lugar tampoco queda claro lo que en el texto es “lo étnico, la etnicidad”. Piénsese lo que se quiera del asunto, se trata de un objeto importante de investigación por parte de sociólogos, antropólogos u otros científicos sociales. Dentro de las teorías sobre la etnicidad todo el mundo da por supuesto que las diferentes lenguas de los diferentes grupos son un constitutivo básico de la misma. Aquí no, las diferentes lenguas no parecen tener nada que ver con esto. Pero, todavía más llamativos son los elementos constitutivos de la etnicidad según el autor . Lo más propiamente étnico en una minoría de los inmigrantes es la propensión a supeditarse a mafias de extorsión. Todos los investigadores piensan que esto es algo impuesto a los que son obligados a someterse. Aquí no. Se trata de una propensión o la tendencia de los propios inmigrantes (!) que tiene un carácter étnico.

La segunda observación acerca de lo únicamente étnico es todavía más llamativa y se trata “de la promoción personal dentro del reforzamiento de la redes clánicas de la familia tribal”. No se sabe muy bien si la promoción personal refuerza las redes clánicas o ellas se refuerzan por si mismas. Lo más llamativo es decir que las prácticas como la poligamia (poliginia se suele decir en antropología) o la ablación del clítoris son el resultado de la supeditación de la persona a su clan de origen. No hay que hacer mucha hermenéutica porque el párrafo es absolutamente confuso y una lectura rápida da como resultado que se piense que los inmigrantes africanos tienen tendencia a someterse a mafias y a practicar la poliginia y la ablación del clítoris. A partir de aquí se comprende la impresión general que deja el libro. Se trata de un florilegio de observaciones denigratorias y claramente racistas con respecto a los inmigrantes en boca de los habitantes del El Ejido y de los pueblos de alrededor. El análisis del autor es tan confuso a veces, otras veces tan laudatorio para la población nativa, y las críticas son tan rápidas y poco frecuentes que lo que queda es el florilegio al que nos hemos referido. Con ello llegamos a uno de los aspectos fundamentales de la obra. Esta se presenta básicamente como un intento de exculpar a los ciudadanos de El Ejido de la acusación de racismo. Según el autor, “ni el racismo ni la xenofobia son el problema de El Ejido. Y comienzo a suponer con fundamento que es uno de los lugares del mundo no solamente con menos racismo del previsible...” (pág. 287-288). Y un poco antes se pregunta retóricamente: “Supongamos que, súbitamente, desapareciese el racismo en el Poniente Almeriense...¿se habría resuelto lo que concierne a la situación de explotación y a las condiciones degradantes de vida de los inmigrantes?, y ¿viviría el inmigrante más integrado y una mejor vida, caso de no existir ya ni pizca de racismo ahí, en ese gran campo de agricultura extensiva? Mi respuesta es que no, pues estoy convencido de que no habrían sido resueltos los problemas que conciernes a los inmigrantes... Por la sencilla razón de que estos problemas no son, hoy por hoy, esencialmente ideológicos ni políticos, sino jurídicos, culturales, laborales” (pág.287). Parece que habría que entender que el racismo es un problema ideológico y político, y al ser los problemas del Poniente Almeriense jurídicos, culturales, laborales, el racismo no es ningún problema aquí, como si este no tuviera dimensiones jurídicas, culturales y laborales. Con ello terminamos. El libro está escrito en un tono de “chico majo que no tiene dificultad en decir las cosas, caiga quien caiga, sin miedo a transgredir los límites de lo políticamente correcto”. Dentro de ello hay una observación que realmente me escandalizó. En la entrevista a Carmen el autor dice: “No le dije a Carmen que sospecho que nuestra cultura ha progresado moralmente más que la de los musulmanes, precisamente porque ya ha detectado que una persona es alguien que puede ser herida y vulnerada, alguien que puede ser humillada y sufrir. Por eso precisamente es por lo que nos indigna el sufrimiento del inmigrante. A veces más que a ellos”. Lo que es indignante es que en el siglo XXI un señor pueda permitirse el lujo de decir que a él el sufrimiento de los inmigrantes le indigna más que a ellos mismos. No se necesita leer toda la obra de Genovese para comprender como, en los estados del sur de los Estados Unidos, los dueños de los esclavos insistían que cuando tenían que castigarlos a quien más le dolía era a los propios señores. Como resumen hay que decir que el libro tiene el defecto gravísimo de que es frecuentemente ininteligible. Muchas de las frases no tienen sentido claro. El problema es que cuando la letra no se entiende, lo que queda es la música, claramente xenófoba y denigratoria para los inmigrantes.

 


AIBR -El Rincon del Antropologo