AIBR, REVISTA DE ANTROPOLOGÍA IBEROAMERICANA. Nº31 SEPTIEMBRE 2003


Gilbert Herdt

GILBERT HERDT:
"LA SEXUALIDAD ES UN DERECHO HUMANO, Y CONSIDERO QUE MERECE RESPETO EN TODAS LAS SOCIEDADES Y ESTADOS"


Entrevista realizada por
JOSÉ IGNACIO PICHARDO GALÁN

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Gilbert Herdt, antropólogo y especialista en sexualidad humana, ha realizado su trabajo etnográfico entre los Sambia de Nueva Guinea con visitas y estancias intermitentes en la zona a lo largo de varias décadas. Ha publicado o editado más de 25 libros y escrito más de 45 artículos sobre temas como homosexualidad ritual en Melanesia, cultura gay, masculinidad, sida o género, entre otros. Actualmente es el director del Centro Nacional de Recursos sobre Sexualidad y del Programa de Estudios sobre Sexualidad Humana de la San Francisco State University (EEUU), donde le realizamos la presente entrevista durante el pasado mes de Agosto.


P: La sexualidad ha sido tradicionalmente una de las mayores preocupaciones de los antropólogos, desde trabajos como los de Malinowski o Mead. ¿Considera usted que ocupa actualmente el puesto que merece en nuestra disciplina?
R: No, no lo ocupa. Principalmente porque durante mucho tiempo los antropólogos consideraron la sexualidad como una mera función del parentesco y el matrimonio. Esto ha hecho que se le haya dado escasa importancia a sus significados, a las prácticas sexuales y al comportamiento sexual. Los antropólogos tendían a idealizar lo que la gente de otras culturas expresaba en términos de normas, en vez de tener en cuenta sus prácticas reales. Ahora, y debido a la epidemia del SIDA, sabemos que no basta con estudiar normas, ya que mucha gente manifiesta cumplir una norma, mientras lo que realiza en su vida privada o su comportamiento sexual oculto puede ser algo totalmente opuesto. Pasó mucho tiempo antes de que la antropología comenzase a entender esta diferencia. Hoy en día, desde luego, es algo mucho más común y hay mucha más gente que trabaja sobre sexualidad considerándola como un patrón cultural que abarca prácticas reales, más que meras normas. Sin embargo, creo que aún hay antropólogos que tienden en exceso a resaltar el discurso, lo que la gente dice, más que lo que hace. Esto ocurre en parte porque cuando se habla sobre sexualidad sólo tenemos conocimiento a través de lo que se nos cuenta, de una forma retrospectiva. Por supuesto –por razones éticas- es difícil observar a alguien practicando sexo, a no ser que el antropólogo esté mantenga relaciones con una persona de la comunidad que estudia. Y esto, a su vez, origina un problema de naturaleza ética.

Usted es partidario de considerar la sexualidad como un derecho humano universal y –al mismo tiempo- defiende el relativismo cultural. ¿Cómo podemos superar entonces la reivindicación de una cultura propia, usado por países que se han opuesto manifiestamente en foros internacionales a considerar la sexualidad como un derecho humano? Me refiero a países musulmanes y cristianos, por ejemplo. Sambia. Herdt
Es casi una contradicción. Hay diferentes niveles de descripción en los que situarnos en este sentido. Existe un nivel referido a la comunidad local, donde hay prácticas y significados, cada una con su propia relevancia. A continuación hay un nivel mayor que se relacionaría con una región o incluso una nación, como Francia, España o Alemania. Pero hay aún un nivel más alto, que distinguimos a partir del final de la guerra fría, y que sería el nivel global, la globalización. Una parte del problema originado cuando se habla de relaciones entre Derechos Humanos y relativismo cultural es ser conscientes de la diferencia de estos niveles de análisis y que por lo tanto hay diferentes tipos de relativismo cultural. Así, hay al menos tres formas de relativismo. Por un lado el relativismo descriptivo, donde defendemos que lo que mantiene a una comunidad local son sus propias prácticas y significados. Entendemos que no podemos desplazarlos de esa comunidad porque entonces perderíamos su carácter holístico, algo que de hecho ocurre. A continuación existe otro nivel que está relacionado con el relativismo filosófico, que es un principio general mediante el cual mantenemos que todas las cosas son igual de válidas, que todos los aspectos de cada cultura son igualmente ciertos, igualmente importantes e igualmente entendibles en la naturaleza humana. Sin embargo, para mi la sexualidad humana es un derecho humano porque la identifico más como parte de la condición humana, y ese es realmente el nivel del mundo global o del sistema global si se prefiere, igual que el sistema ecológico que habitamos es uno y cada aspecto particular afecta a todo lo demás. Por lo tanto valoro y defiendo la idea de sexualidad como un derecho humano, y considero que merece todo el respeto en todas las sociedades y todos los estados. Al mismo tiempo, admito que en comunidades locales organicen sus prácticas y significados de tal manera que constituya la distinción de su propio mundo cultural, y que tengan derecho a decir con qué están de acuerdo y con qué no, pero este no es un acuerdo absoluto en términos de “blanco” o “negro”, porque viven ahora en un sistema global. Tampoco el sistema global tiene el derecho absoluto de intevenir bajo todas las circunstancias, ya que eso nos podría conducir al fascismo. Y eso no es deseable. Por tanto debe de existir un reconocimiento y respeto por la importancia de un sistema global de derechos humanos que defienda a su vez la integridad de las comunidades locales. Una vez que establezcamos los conflictos y desacuerdos debemos ir caso a caso, sobre cada cuestión en particular. Me refiero al hecho de que se trate por ejemplo de reconocer una determinada orientación sexual, un tipo de práctica reproductiva o lo que quiera que sea. Aunque nos encontremos en una situación difusa o ambigua yo creo que se dibuja una cierta tendencia. Y esa tendencia es la de un reconocimiento creciente en todo el mundo de que la sexualidad es un derecho humano, y eso también implica decir que las culturas locales poco a poco deben entender y tener en cuenta dentro de su propio código cultural, lo que es un derecho humano.

Pero a veces nos encontramos con determinantes religiosos, por ejemplo
Así es. En algunos casos ocurre. Y la religión introduce una serie de fuerzas completamente distintas, porque la religión y sus prácticas tienen su propio conjunto de principios, su propia su filosofía. Y en algunos casos, cuando hablamos sobre fundamentalismo, podemos notar que se fomenta una ideología que puede o no ser adecuada para la práctica en una una comunidad local, pero que va más allá y puede politizar o idealizar, convirtiéndose en una ideología que va mucho más allá de la práctica local. Creo que estos hechos deben ser entendidos más bien como movimientos políticos, como formaciones políticas y no pueden ser considerados simplemente como un aspecto de la cultura local. Eso sería demasiado ingenuo.

En su último libro: “Secreto y realidad cultural: Ideologías utópicas en hogares de Nueva Guinea”, usted habla del secreto. ¿Cómo puede convertirse el secreto en una herramienta para manejar las desigualdades de género y el desmantelamiento de culturas?
Creo que esa es una pregunta muy interesante y es algo sobre lo que he trabajado mucho. Pienso que en antropología reconocemos que históricamente hay una relación relativamente simple entre ser una sociedad y poseer un liderazgo político. Hay una estructura social con unos miembros principales, ya sea un grupo de ancianos, de sacerdotes, unos dirigentes electos o quienes sean, y ellos son probablemente los cabeza de familia. Sin embargo, durante las dos últimas décadas y en parte gracias a la importancia del feminismo, de los estudios de la mujer, los estudios de género y los estudios sobre sexualidad, nos hemos dado cuenta de que la relación entre poder y sociedad es mucho más compleja. El secreto es una manifestación de esa relación, creo que ha sido muy confundida y con frecuencia mostrada de forma equivocada por los antropólogos. He de decir que –sin embargo- durante los últimos cinco años, gracias a recientes trabajos de antropólogos como Harvey Whitehouse, se está haciendo un muy importante e inteligente replanteamiento sobre el secreto en los estudios transculturales. Históricamente, el sentir popular de nuestra sociedad consideraba el secreto como algo negativo. Lo público era sospechoso de implicar secreto y durante la Guerra Fría, entre la década de los 40 hasta principios de los 90, esto llegó a su punto crítico, que hizo que el secreto fuese algo tremendamente indeseable y que fuese sospecho para las democracias liberales occidentales. Durante esa época, cuando los antropólogos hacían trabajo de campo en otras culturas y se encontraban con ello, lo trataban en mi opinión de una manera muy cínica. En concreto, en el caso que yo estudié sobre el ritual y el secreto en Nueva Guinea, creo que este tema fue tratado de una forma más acorde con las creencias generales de la sociedad a la que pertenecían quienes lo estudiaron que con las culturas locales que estudiaban.
Históricamente, el sentir popular de nuestra sociedad consideraba el secreto como algo negativo.
Resaltaría que –como indico en el primer capítulo del libro- en tiempos de Lewis Henry Morgan, el fundador de la antropología en Estados Unidos, el secreto tenía un tratamiento totalmente diferente que en la sociedad de la Guerra Fría. El propio Morgan lo trataba de una forma distinta. Era parte de su propia vida. Había una apreciación del secreto como algo a proteger, un área creativa. Esa situación que existió en el siglo XIX desapareció en el siglo XX, cuando el secreto se convirtió completamente en algo malo. Se identificó como un tipo de enfermedad del alma, como una especie de enfermedad del Estado, asociada sobre todo con el espionaje internacional, y más tarde con el abuso sexual como un secreto escondido en la familia. Pero centrándome en su pregunta, en el contexto de la sociedad de Nueva Guinea, lo que comencé a comprender es el problema de que la gente reclama su poder en el espacio público, típicamente en el caso de los hombres de la sociedad de Nueva Guinea. Reclaman el poder pero no están capacitados para regular nada. No tienen ni los medios ni los recursos para llevar a cabo su reivindicación, especialmente en el ámbito privado. Por eso, recurren al secreto, para manejar las relaciones de género. Así, el otro género, en el caso de las mujeres, realiza solicitudes a partir de las de los hombres, o las mujeres introducen las suyas a través de las posiciones de poder de los hombres, y usan el secreto como otra tecnología o una fuerza de poder para proteger y preservar sus reglas. Adicionalmente, también crearon –en el sentido de lo que podríamos llamar unos movimientos más amplios a nivel político y social- también crearon una realidad escondida, una realidad alternativa a la referente a los asuntos públicos. De esta forma en la misma sociedad hay dos diferentes realidades culturales -si queremos llamarlo así- una pública y una secreta. La secreta fue la que ellos usaron para manejar las relaciones de género, la que usaron para manejar las relaciones sexuales y también la que usaron para crear solidaridad entre los hombres que establecían relaciones con otras tribus, y algunas veces también entre sus mujeres, que eran percibidas como miembros de otros grupos.

Finalmente, ¿Podría dar un consejo para estudiantes e investigadores que estudien e investiguen las sexualidades humanas?
Principalmente, soy partidario de que la gente estudie aquello que le interese ya que es donde todos tenemos nuestra verdadera pasión, aquello que nos entusiasma. Debemos estudiar lo que creemos que es importante y sobre aquello que tenemos experiencia, que es también aquello sobre lo que tenemos unos intereses reales y genuinos, donde están nuestras verdaderas intuiciones y nuestras miradas interiores. Sin estas miradas, se nos corta el proceso creativo, que es el principal impulsor de la motivación investigadora. Por eso hoy es también importante a la hora de realizar etnografía hacer una descripción de la posición propia del investigador dentro del proyecto. Esto incluye su propia subjetividad, y en el caso de estudiar la sexualidad y el género hay que ir mucho más lejos, llegar a la propia subjetividad sexual del investigador y saber cómo pensamos sobre el mundo, sobre las cosas en las que estamos interesados, nuestras influencias y prejuicios. Porque cuando exponemos esto al público también ayudamos a que ello tenga entidad científica. Parece paradójico que a través de nuestra subjetividad nos convirtamos en más objetivos, pero es sólo en este caso cuando la gente comprende el verdadero mecanismo de la etnografía, que aparece detrás de cualquier personalidad individual y a través de la cual revelamos cómo es el mundo, parte de la verdad, parte de lo que es el relato de la sociedad y por lo tanto las voces que nos cuentan los relatos de la sociedad. Porque los antropólogos somos contadores de relatos. Creo que lo que mejor hacemos en antropología es trabajar en el nivel de los significados locales y las prácticas locales, donde informamos a las grandes fuerzas de nuestro tiempo: la religión, el poder, la política, la economía o la globalización. Informamos a esas grandes fuerzas a través de significados y relatos de la gente de a pie, cómo ellos las sufren, cómo son afectados por ellas, qué es lo que significan en sus vidas, en su libertad, en su sufrimiento. A través de esto, nosotros ponemos la cara humana a estos grandes y complejos problemas de la vida. Ningún otro campo de estudio hace esto. Ningún otro campo ofrece la cara humana y el relato de la gente. Y yo creo que la antropología está para eso.


AIBR -El Rincon del Antropologo