AIBR, REVISTA DE ANTROPOLOGÍA IBEROAMERICANA. Nº34 MARZO-ABRIL 2004


Fernando García

FERNANDO GARCÍA
FLACSO (Ecuador)

“EN PAÍSES COMO LOS NUESTROS ES MUY DIFÍCIL QUE LOS ANTROPÓLOGOS SEAMOS INDIFERENTES”


Entrevista realizada por
LYDIA RODRÍGUEZ CUEVAS

Fernando García Serrano es uno de los pioneros de la antropología en Ecuador. Fue uno de los primeros en graduarse en dicha disciplina, desde que la carrera comenzó a impartirse en la Pontificia Universidad Católica de Ecuador en 1972. Realizó su postgrado en la Universidad Iberoamericana de México donde fue alumno del antropólogo español Ángel Palerm. Ha trabajado como docente e investigador en la Universidad Católica, en temas de desarrollo en varias ONGs y en el Fondo Ecuatoriano-Canadiense de Desarrollo. Ha sido consultor de varios organismos internacionales. Actualmente es coordinador del programa de antropología de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales sede Ecuador (FLACSO). Sus áreas de interés son los temas étnicos, movimientos sociales, cultura y poder y antropología jurídica.

En esta entrevista, nos habla de una gran diversidad de temas de actualidad que desarrollan tanto la antropología académica latinoamericana como la europea: indigenismo, la visión de “El Otro” o el desarrollo, los derechos humanos, la perspectiva de las culturas hegemónicas y el compromiso de nuestra disciplina ante el conflicto cultural.


P: ¿Qué factores han permitido a una institución como FLACSO tener el prestigio y la proyección internacional de la que goza actualmente y en concreto cuáles son sus relaciones con instituciones españolas en el campo de la antropología?
R: FLACSO dispone de un amplio conjunto de redes académicas, tanto en América Latina como en algunos países de Europa. En Ecuador existen pocos recursos para la investigación social, por lo que nos vemos obligados a hacer convenios internacionales. Con España, por supuesto que hay puntos en común. Durante dos años participé como docente del curso Políticas de Desarrollo para Pueblos Indígenas en el Diploma, luego Maestría, de Estudios Amerindios de la Casa de América, que dirige el antropólogo Manuel Gutiérrez. FLACSO, por su parte, ha recibido la visita en calidad de profesores e investigadores invitados de antropólogos de varias universidades españolas. El tema indígena, por ejemplo, es un tema interesante y demandado porque se relaciona con el tema de los movimientos sociales étnicos en general. Otro de los temas sobre el que trabajamos en América Latina, y que está teniendo un gran impacto en España es Antropología y Desarrollo. Existen también una serie de grandes áreas “transversales”, por así decirlo, que reúnen una gran cantidad de subáreas. Por ejemplo, el gran tema del momento es la migración, en el que encontramos aspectos relacionados con la etnicidad, el género o el problema de la identidad.

¿Qué aspectos quedan pendientes, tanto en la antropología latinoamericana como en la española?
Una de las cosas que todavía no hemos hecho en América Latina es “dar la vuelta” al tema, es decir, investigar la sociedad europea. En cierta medida, algo parecido a lo que ocurre con los antropólogos latinoamericanos que estudian el tema indígena y que no son indígenas. Ahora, felizmente, ya hay antropólogos indígenas. Pero también los antropólogos indígenas se han centrado en el mismo tema. ¿Por qué no tener antropólogos indígenas estudiando, por ejemplo, la sociedad mestiza? Con Europa ocurre lo mismo. Me parecería interesante no solamente hacer intercambios de estudiantes entre universidades o instituciones como FLACSO, sino que también existiera la posibilidad de hacer verdaderos estudios comparativos. Por ejemplo, un estudio comparativo de antropología urbana en Barcelona, Lérida y Quito, pero que sea un antropólogo español el que estudie Quito y un antropólogo ecuatoriano el que estudie Barcelona y Lérida. Este es, sin duda, un tema por explorar, un tema pendiente. También me parece claro que deben ser las universidades e instituciones de formación las que deben llevar a cabo las líneas de acción concretas. Esto supondría dar un gran salto epistemológico en antropología: que los ojos de un antropólogo latinoamericano no solamente vean América Latina, sino que también vean al "Otro”, que en este caso es Europa.

Usted propone una ruptura conceptual muy interesante, ya que en Europa no estamos acostumbrados a “ser observados”, y menos por antropólogos de otras culturas completamente distintas a la nuestra. ¿Usted piensa que la antropología ha perdido esta tradición del estudio “del Otro”, y que lo que existe es más bien una aproximación al estudio de realidades culturales muy cercanas al propio investigador?
En realidad me parece que hay una combinación de ambas cosas. En cierta medida, la antropología ha ido, por decirlo coloquialmente, uniendo los dos extremos. Recuerdo a un antropólogo brasilero que decía que la tendencia original de la antropología era “familiarizarse con lo exótico”. Ahora es al revés, hay que “exotizar lo familiar”. Me parece interesante esta concepción. Por ejemplo, un déficit general en las ciencias sociales ecuatorianas es no haber trabajado sobre ciertos grupos sociales, tales como las elites, jóvenes, sectores mestizos. Para llevar a cabo este tipo de estudios, esta figura de “exotizar lo familiar” me parece que es importante. En los últimos tiempos ha habido un vuelco dentro de la antropología hacia lo que se denomina ahora el estudio de “la vida cotidiana”, óptica que ha permitido "descubrir" muchos fenómenos antes ocultos para el "ojo" del investigador.

FERNANDO GARCÍA FLACSO ¿Se refiere a algún aspecto en particular?
Sí. Por ejemplo, en América Latina hay un tema interesante sobre el que se está trabajando ahora: “Memoria, Identidad y Vida Cotidiana”. Este tema permite utilizar muy bien la relación entre la Antropología y la Historia, una relación muy fértil, que se perdió al hacer estudios demasiado etnográficos, puntuales y actuales. Hace poco tiempo se ha publicado una colección sobre el tema “Memoria y olvido”, que analiza el caso de las dictaduras militares del Cono Sur. Este es un campo que recupera mucho la memoria oral. Otro tema sugerente es el del análisis de la representación, que consiste en ver qué hay “más allá” de la imagen. Esto nos lleva a interesarnos por las aportaciones de otros campos tales como la Comunicación, la Lingüística y la Historia. En esta materia se refleja un espectro bien interesante de colaboración interdisciplinar. Esto plantea otro de los grandes retos en la actualidad: “interdisciplinizar” las ciencias sociales: tratar de lograr entender procesos complejos con una visión interdisciplinar.

Por el tema sobre el cual actualmente trabajo, el de la Antropología jurídica, he debido colaborar con abogados y ésta ha sido una relación fructífera. Lo mismo sucede con agrónomos, médicos o historiadores. Tenemos un reto como disciplina, lograr la interdisciplinariedad, sin dejar nuestro enfoque, nuestra metodología, pero sí enriqueciendo, y enriqueciéndonos de los aportes de otras ciencias.

Volviendo al tema indígena, uno de los hechos más dramáticos de la lucha por preservar culturas minoritarias frente al avance de culturas hegemónicas en el contexto ecuatoriano ha sido el conflicto del pueblo Huaorani en mayo de 2003. ¿Nos podría realizar una síntesis de los hechos y explicar cuál ha sido el problema, en el que la antropología sin duda tiene tanto que decir?
Trataré de hacer una síntesis “apretada”. El pueblo Huaorani es una nacionalidad indígena que debe contar con una población que no llega a 2.200 habitantes. Es un grupo característico de la Amazonía, cuya forma de subsistencia está fundamentada en la caza, pesca, recolección y agricultura itinerante. Este grupo ha desarrollado muchos vínculos alrededor de los clanes familiares, en los que la mujer tiene un papel fundamental. Como grupo amazónico, es un grupo guerrero. Los huaorani han peleado siempre por el territorio, por los recursos, por las mujeres. Históricamente, entraron bastante tarde en contacto con la sociedad nacional, en los años 50 y la zona de asentamiento ha sido muy compleja porque ha estado asediada por petroleros, por madereras, por misioneros de la Iglesia Evangélica (ILV) y de la Iglesia Católica (Capuchinos). En el año 1998, el Estado ecuatoriano reconoció como territorio huaorani 716.000 hectáreas, de forma tal que se garantizaba la permanencia de los huaorani allí, y la no intervención del Estado sobre esos territorios. Uno de los fenómenos más característicos de estos grupos son los continuos procesos de enfrentamiento de linajes: una muerte provoca un circuito de venganza hasta que se reúnen los clanes familiares y se negocia. Visto así el tema, parecerían ser "salvajes” y es así como lo ha transmitido la prensa. Sin embargo, estas prácticas tienen explicaciones que tienen que ver con la organización social, con los juegos de poder al interior de estos grupos, y también con concepciones culturales sobre la muerte.

¿Quiénes son los Tagaeri y qué ocurrió entonces, en 1994?
Los Tagaeri son uno de los clanes huaorani no contactados. En el año 1994, hay una incursión de los Huaorani contactados a la zona Tagaeri, en la que una mujer tagaeri es atrapada, quien posteriormente es devuelta. Sin embargo, en esta acción se produce otro enfrentamiento y un miembro importante del grupo huaorani muere. No hay que olvidar, además, un hecho muy importante, anterior a estos hechos: la muerte de Monseñor Alejandro Labaca (capuchino español) y de la monja Inés Arango en el año 1987. El obispo fue una de las personas que más cercanía había tenido con los huaorani, pero fue lanceado por miembros del clan Tagaeri que no estaba de acuerdo con el contacto. Finalmente, llegamos a los eventos del 26 de Mayo de 2003. Una de las explicaciones es que fue una venganza contra los Tagaeri. El 26 de Mayo de 2003 se produjo la matanza de 12 personas, no sólo de guerreros, sino también de mujeres, niños y ancianos. Después de este suceso se reunió el grupo de ancianos de los clanes Huaorani contactados, decidieron cerrar el caso y parar la venganza.

¿Ha intervenido la justicia nacional?
Sí, ahora el conflicto es que la justicia ordinaria quiere intervenir. El Artículo 191 de nuestra Constitución permite que los pueblos indígenas administren justicia de acuerdo a sus usos y costumbres, en conflictos internos, siempre y cuando no esté en contradicción con la Constitución. Si fuéramos consecuentes con el Artículo, este caso serviría para su aplicación. La intervención de la justicia ordinaria sería complicada porque entran en pugna dos concepciones de administrar justicia.

¿Qué reflexión podemos hacer de esto?
Como ves, es un tema muy complejo. La conclusión final es que, en primer lugar, la sociedad ecuatoriana tiene un gran desconocimiento sobre este tema, sobre grupos y culturas como esta. En segundo lugar, deja patente el abandono del Estado hacia estos grupos, sus problemáticas, su territorio. Son grupos en vías de desaparición y si no hay alguna iniciativa que proteja sus condiciones de vida, cada vez serán más vulnerables tanto social como económicamente. En estos momentos se necesita la intervención de la sociedad nacional para ofrecer algunas garantías básicas. La declaración de esta zona como territorio intangible fue una buena iniciativa, pero que nunca estuvo acompañada de una política que respalde y sustente esa declaración y que permita a estos grupos entrar en contacto con la sociedad nacional en condiciones de menor vulnerabilidad. Pero el coste de esto, sin las debidas garantías, puede ser su desaparición, como ya ha ocurrido con otros pueblos indígenas.

¿Qué papel han tenido en el conflicto los medios de comunicación, y qué otras vías de transmisión, académicas o no académicas han intervenido?
Ha habido muchas formas de difusión, pero los medios de comunicación han tenido una actuación irresponsable al dar a los sucesos un carácter meramente sensacionalista y “exótico”, evidenciando un desconocimiento total sobre el tema, además de las consecuencias de desinformación y distorsión que pueden traer ese tipo de publicaciones. Sin embargo, también ha habido otros círculos, otros grupos de discusión. Aquí en FLACSO tuvimos uno en el que se trató seriamente el tema, participaron investigadores, representantes de la Misión Capuchina, ONGs y organizaciones indígenas.

Como antropólogo, ¿Usted qué cree que es lo que debe priorizarse: el respeto a la diferencia, el derecho de los pueblos a regirse por sí mismos, o el respeto a los derechos humanos, supuestamente universales?
Desde mi perspectiva, evidentemente, yo estaría en acuerdo en el respeto a la diferencia sobre el que hay convenios internacionales (Convenio 169 de la OIT), o la Declaración que se está discutiendo todavía sobre los pueblos indígenas en la ONU y en la OEA. Y ante la universalidad de los Derechos Humanos, creo que es interesante pensar que toda cultura y grupo humano tiene una concepción de dignidad humana. Esta concepción, presente en cualquier cultura, sería la base para entrever si los derechos humanos universales son verdaderamente “universales”, o si deben obedecer a otro tipo de propuestas. Personalmente, estoy convencido del respeto a la diferencia, de que es posible convivir con la diversidad, y me parece mucho más enriquecedor, desde el punto de vista humano, ser diverso que pertenecer a una sola cultura, algo que parece estar en contradicción con la misma naturaleza humana. Para afirmar esto me baso en todo lo que he podido presenciar a través de mi experiencia de haber convivido con los "Otros”. Y sí es posible hacer este tipo de intentos.

¿Cuál tiene que ser el papel de la antropología ante un conflicto de esta magnitud? ¿Tiene que ser una labor de peritaje, de defensoría, o el antropólogo debe limitarse a narrar los hechos desde una postura “menos comprometida”?
Tanto el peritaje como la denuncia y la "observación" profesional son elementos de un quehacer que no tienen porqué ser contradictorios. Un ejemplo son las sentencias de los jueces sobre temas indígenas de la Corte Constitucional de Colombia que han estado basadas en elementos de juicio provenientes de los peritajes antropológicos. Creo que tiene sentido esa posibilidad de utilizar la antropología con otros fines que no sean exclusivamente académicos, sino prácticos para la convivencia, donde se aporta con elementos que permiten esclarecer escenarios; o iniciar procesos serios de demanda y de denuncia, o dar apoyo a las organizaciones indígenas involucradas en estos procesos. En este tipo de situaciones, sin embargo, es necesario tener claro el rol de cada uno, tanto del investigador como de la/las organizaciones indígenas; un espacio donde no se confundan las identidades y las voces. Ahora los pueblos indígenas tienen voz propia, y los investigadores –en general– ya no tienen porqué hablar por el Otro. Puedo interesarme por el otro, pero no tengo porqué hablar por el Otro. Tampoco hay espacio ya para el paternalismo, la subordinación, o la utilización en las ciencias sociales. Por tanto, me parece que una buena posición es aportar elementos de juicio que permitan el esclarecimiento de este tipo de situaciones, y pensar que lo diverso es una riqueza.

Personalmente, me parece importante que la Antropología siga peleando en la trinchera de “lo público”, es decir, que el antropólogo debe tener un rol activo en la defensa de lo que cree, de lo que conoce, investiga y escribe, lo que no está en contradicción con la reflexión teórica, con la rigurosidad metodológica. En países como Ecuador, es difícil “estar fuera”, porque –como tú lo has constatado–, “estás” o “no estás”, es tan sencillo como eso. En países como los nuestros es muy difícil que los antropólogos seamos indiferentes en este tipo de situaciones. Con eso no quiero decir que te conviertas en un activista, pero sí que debas tomar posición en los debates públicos.

Usted como antropólogo que está trabajando constantemente con “el Otro”, ¿puede contarnos alguna anécdota de su carrera?
Recuerdo una anécdota entre divertida y dramática. En mi primera "salida de campo”, fui a la provincia más indígena de Ecuador, la de Chimborazo, y estuve visitando unas comunidades indígenas de altura. Iba muy entusiasmado, pero desconociendo muchas cosas, y muy torpe en las situaciones, los contextos, las circunstancias. Después de esta primera salida, pasé alrededor de una semana en la cama, ¡porque una de las cosas que no hice fue protegerme del sol! Tuve una insolación impresionante. Fue a causa de mi ignorancia, en el buen sentido, sobre a dónde iba y de cómo –en comunidades sobre los 4 000 m.s.n.m.– pegaba el sol, más aún estando en la "mitad del mundo" ¡Ay!… Fue mi bautizo, un “rito de iniciación”. Un elemento importante de la antropología -y esto siempre lo digo a los estudiantes- es esta experiencia de “choque cultural”, que me parece clave. Y hay que vivir el choque cultural “desde dentro”, no “desde fuera”, no llegando a un mercado y "viendo", sino viviendo con ellos, en su medio, su mundo. Una experiencia que realmente te permite "conocer", te ayuda a ubicar al Otro, a interesarte por el Otro. Esta práctica, el “choque cultural”, cualquiera que ésta sea, con una cultura diferente, me parece muy positiva.


AIBR -El Rincon del Antropologo