AIBR, REVISTA DE ANTROPOLOGÍA IBEROAMERICANA. Nº29 ABRIL 2003


AIDA HERNÁNDEZ

AÍDA HERNÁNDEZ: UNA NUEVA IMAGEN DE LA ANTROPOLOGÍA DE GÉNERO.


Entrevista realizada por
LYDIA RODRÍGUEZ CUEVAS

Durante un respiro entre viaje y viaje, Aída Hernández nos dedicó unas horas de su tiempo y nos permitió descubrir a una fascinante antropóloga, comprometedora y comprometida; una persona que ha transcurrido a lo largo de su carrera en el desarrollo de las distintas perspectivas de estudios de la mujer.

Pofesora Investigadora Titular del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS) en México, actualmente se encuentra de año sabático vinculada a la Universidad Autónoma de Madrid y a la Universidad Autónoma de Barcelona. Ha vivido y realizado investigación de campo en comunidades indígenas de Chiapas durante los últimos quince años, con refugiados guatemaltecos y campesinos Mayas. Trabajó con mujeres indígenas de los Altos de Chiapas en el área legal y educativa. Entre sus publicaciones recientes están La Otra Frontera: Identidades Múltiples en el Chiapas Poscolonial (CIESAS-Porrúa 2001) publicada en inglés como Histories and Stories from Chiapas. Border Identitiens in Southern Mexico (University of Texas Press 2001), The Other Word, Women and Violence in Chiapas (IWGIA 2001) y Tierra Libertad y Autonomía. Impactos Regionales del Zapatismo (CIESAS-IWGIA 2002) editado conjuntamente con Jan Rus y Shannan Mattiace.


P: ¿Qué es lo que te motivó a decantarte por los estudios de género?
R: Yo empecé como investigadora a los 22 años en el centro donde después gané una plaza, en el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS); empecé a trabajar inicialmente con temas como la conformación de identidades culturales y su relación con el proyecto nacional, me interesaba especialmente la tensión entre la formación de las identidades étnicas colectivas y el proyecto cultural hegemónico del Estado-nación. Entonces trabajaba en la frontera entre México y Guatemala, y me interesaba mucho la manera en que el Estado mexicano había impulsado sus políticas de integración nacional con los propios mayas de la frontera. En medio de estas inquietudes teóricas y académicas – y esto es muy personal – ocurrió que mi compañera de casa, que trabajaba con refugiados guatemaltecos en esa misma región fue secuestrada y violada por los policías judiciales. Yo estuve muy cerca del proceso de denuncia, y a partir de esta experiencia tan fuerte y tan personal me acerqué a todo lo que era la parte estructural de las desigualdades de género. De esta manera empecé una larga militancia en contra de la violencia sexual y doméstica, y en esta etapa de mi vida tenía por un lado mi proyecto académico, que seguía siendo la cuestión étnico-nacional, y por otro lado mi proyecto político, que estaba muy centrado en la lucha en contra de la violencia sexual y doméstica.

¿Cómo conjugaste tu proyecto académico con tu proyecto político?
Llegó un momento en que me di cuenta que no eran dos proyectos separados, ya que para poder entender muchos de los mismos procesos que estaba viendo en la conformación del Estado-Nación era importante incorporar una perspectiva de género, para poder ver la manera en que estas políticas afectaban de manera distinta a hombres y mujeres. Empecé a preocuparme más por leer y desarrollar un enfoque de género, que en ese momento en México (a finales de los 80, principios de los 90), estaba totalmente desprestigiado, ya que antropología y feminismo no se podían conciliar, porque uno era concebido como un proyecto científico y el otro como un proyecto ideológico-político. En este contexto de la antropología del área maya tuve que ser pionera junto con otras compañeras en la lucha por legitimar la importancia de la perspectiva de género. Al recuperar esta perspectiva me di cuenta de que todo este discurso sobre el mestizaje, que era un elemento central en el discurso integracionista del Estado mexicano, según el cual había que formar una nación monocultural en la que todos fuéramos mestizos, era un discurso biologicista en el que era fundamental el cuerpo de las mujeres. No puedes entender el discurso del mestizaje que caracterizó al gobierno posrevolucionario mexicano sin una perspectiva de género. Muchas veces se piensa que la perspectiva de género es ver qué pasa con las mujeres, y no se ve que no es posible entender procesos como la construcción de la ciudadanía y el proyecto nacional, si no ves la manera en que estos discursos de género permean los proyectos de Estado.

Te has formado como antropóloga bebiendo de dos "fuentes" académicas muy distintas, como son la antropología mexicana y la antropología estadounidense. ¿Qué perspectivas teóricas asumiste en cada una de estas escuelas y cómo las conjuntaste en tu carrera? aida hernández
La antropología mexicana está muy marcada por la economía política y por una preocupación por las relaciones de poder. Yo venía de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, que a partir del movimiento del 68 retoma el marxismo como elemento de análisis y empieza a cuestionar el funcionalismo y el culturalismo norteamericanos, que veían a las comunidades indígenas como comunidades aisladas. Toda la tradición mexicana se desarrolla cuestionando esta visión, y poniendo a los pueblos indígenas en el marco de los procesos capitalistas. Se trataba de recuperar la dimensión del poder y de la desigualdad en el análisis de los pueblos indios, pero lo que ocurrió fue que este cuestionamiento al funcionalismo hizo que muchos de los y las teóricas importantes de la antropología crítica mexicana empezaran a hacer análisis sistémicos y se olvidaran o relegaran el nivel etnográfico del análisis, la dimensión de la vida cotidiana que te da el trabajo de campo. Cuando le dije a mi asesor de licenciatura que me iba a ir a Stanford le pareció terrible, para él era irme "al corazón del imperialismo". En Stanford fui a dar a un departamento de antropología muy crítico, en el que había toda una escuela post-marxista que estaba retomando muchos de estos avances de la antropología marxista. Se trataba de recuperar el poder y lo sistémico como elementos de análisis, pero estaba también recuperando la tradición de la dimensión y la textura etnográfica de los trabajos.

Allí conociste a George y Jane Collier y a Renato Rosaldo. ¿De qúe forma influyeron en tu trayectoria académica estas figuras tan relevantes?
Renato Rosaldo era parte de toda una escuela que estaba analizando los procesos de formación de identidades culturales con la dimensión del poder como un elemento importante, pero que también incorporaba el análisis cultural, de la construcción de sentido. Para mí esto fue muy importante en mi trabajo con Renato, ya que encontré una confluencia entre los conceptos de cultura y poder que me sirvió mucho para entender los procesos identitarios. También me ayudó a cuestionar al positivismo cientifisista desde una perspectiva del poder, fue a través de él que me acerque a la antropología interpretativa y a la teoría crítica. En el caso de Jane Collier, yo tenía una parte muy intuitiva de la importancia del género por mi experiencia personal, por mi práctica política, pero con Jane me acerqué a todo un corpus teórico de la antropología feminista, y desde una dimensión también muy importante para mí, que era una antropología feminista que estaba buscando incorporar el concepto de cultura y de diversidad cultural. También con Renato me acerqué a toda la literatura chicana, leímos a Gloria Anzaldúa por primera vez, y a pesar de que Renato no se asume como un teórico feminista es alguien que ve la teoría de género como muy importante. Los dos fueron grandes influencias para mí. Estaba también George Collier, que había estado trabajando en el análisis de economía política en Chiapas, en la zona maya tzotzil; Esto fue para mí como recuperar el legado de la antropología crítica mexicana, pero desarrollarlo en otros sentidos en los que la dimensión cultural podía ser recuperada como herramienta teórica.

¿Qué diferencias ves entre la antropología mexicana y la antropología española, "dentro y fuera" del fuera del ámbito académico?
La antropología mexicana es una tradición académica que se ha desarrollado manteniendo un vínculo muy constante con los procesos políticos de los sujetos sociales con quienes trabajamos, sean estos pueblos indígenas, movimientos sociales, mujeres etc. Toda la tradición de la investigación-acción, de la investigación co-participativa ha sido muy importante en la antropología mexicana. Esta alternativa entre trabajar en cuestiones más de antropología colaborativa "o" hacer academia, que yo creo que se plantea mucho en España, no es una disyuntiva necesaria en el contexto mexicano Una pregunta muy vigente es "¿el conocimiento para qué?". Yo creo que el mismo contexto de precariedad de América Latina hace que no te puedas dar el lujo de producir exclusivamente por el placer epistemológico del conocimiento, sino que hay una demanda constante por parte de los sujetos sociales con quienes trabajamos, constantemente tenemos que responder a la pregunta de "¿y para qué?". Por ejemplo, en el caso de los pueblos indígenas, podías plantear "bueno, quiero analizar sus sistemas de parentesco..." y rápidamente te preguntan "¿para qué?". " Pues para conocer un poco más de..." Y de nuevo "¿para qué?" Al tercer "para qué" te das cuenta de que, o le das un sentido social al conocimiento, o la gente no va a querer trabajar contigo. Yo creo que hay toda una tradición de "antropología comprometida". Por otro lado yo creo que hay una visión muy abierta a los diálogos teóricos; frente a esto, a veces he sentido la antropología española muy endogámica. En el caso de la antropología mexicana hay más apertura, la gente llega de muchos lados. Es raro inclusive, y no se estimula que la gente que estudia un doctorado se quede a trabajar en el mismo centro. A veces he sentido un poco cerrada la antropología española en sus propios diálogos, no es muy abierta a los debates teóricos que se están dando en otras latitudes, sobre todo no veo mucho diálogo con América Latina.

AIDA HERNÁNDEZ ¿Qué experiencias son las que más te han marcado de tu trabajo durante 15 años con mujeres indígenas en Chiapas y con refugiados guatemaltecos?
Para mí fue muy sorprendente encontrar procesos organizativos en mujeres indígenas que estaban cuestionando tanto la exclusión como indígenas del proyecto nacional como las desigualdades de género, y ver cómo estos cuestionamientos tan fuertes y este compromiso con la transformación de la realidad pueden venir de un ámbito con tantas problemáticas y con tantas necesidades concretas. Yo creo que a veces cuando una empieza a asumirse como antropóloga feminista y tratar de ser consecuente en su propia vida cotidiana, es realmente tan difícil cambiar cosas internalizadas, el habitus que diría Bourdieu... Y después ves a una mujer que está luchando por su supervivencia y que dice: "No. Es posible el cambio, es posible la transformación, no podemos resignarnos a estos espacios de subordinación de género, de clase o de etnia." Ver esta energía política viniendo de gente de la que podrías pensar que la supervivencia va a ser su única preocupación fue realmente una lección para mí. He encontrado mujeres con una visión social que les hacía plantearse "no puedo pensar nada más en mí, tengo que pensar en qué quiero para el futuro de mis hijos, qué quiero para el futuro de mi comunidad, de mi pueblo". Estas personas que están construyendo proyectos políticos "en los márgenes de los márgenes" han sido una lección política muy fuerte para mí, y en los últimos años también teórica. Yo siento que estas mujeres -me estoy refiriendo a un movimiento nacional de mujeres indígenas que a partir del 94 ha tenido una incidencia muy importante en los debates políticos en México- desde esta práctica están teorizando un nuevo feminismo, están planteando la multidimensionalidad del "ser mujer". Y estas lecciones teóricas, que, aunque no se han sistematizado y no se han escrito de la misma manera en que estamos acostumbradas a leer la teoría feminista, están siendo teorizaciones que están descentrando el discurso feminista mexicano y el discurso nacional mexicano. Estas lecciones que han sido para mí muy ricas me han hecho repensar mis proyectos.

¿Existe realmente un feminismo académico hegemónico que defiende una concepción más liberal del género frente a lo que podríamos denominar "feminismos de la diversidad" que proponen un replanteamiento del concepto de género como categoría multidimensional, o más bien lo que hay es una diversidad de posturas en la academia que representan distintos tipos de feminismos?
Yo creo que hablar de "un" feminismo académico es una metáfora muy homogenizadora, por ejemplo Soledad González, que es una investigadora muy prestigiosa del Colegio de México que trabaja temas de salud reproductiva con mujeres indígenas y que esta muy preocupada con la dimensión cultural de sus análisis, diría "yo no tengo nada que ver" con gente como Marta Lamas, de la revista de Debate Feminista. En ese sentido hay mucha diversidad de posturas, también hay gente que está trabajando con movimientos populares que tiene una postura mucho más abierta, pero sí creo que hay un feminismo hegemónico, aun reconociendo sus diversidades internas. Las "voces cantantes", las "figuras públicas" del feminismo, sí son figuras muy hegemónicas en el sentido de que es la voz que se escucha, de que son las que dirigen las principales revistas feministas, son las entrevistadas con respecto a problemas de género en la televisión y son las que lideran y encabezan las marchas internacionales, las que representan a México en Encuentros Feministas como los de Beijin o El Cairo. En ese sentido este feminismo hegemónico no ha estado muy abierto a incluir otras experiencias que viven el género desde la clase, desde la exclusión, desde el racismo, ni tampoco a reflexionar y a aceptar que hay un problema de racismo y de exclusión al interior del propio feminismo. Creo que este es un debate pendiente en el contexto mexicano. No quiero descalificar los logros tan importantes que han tenido estas mujeres pioneras, que han logrado cambios institucionales y han logrado poner el feminismo en la agenda política del Estado. Muchas de ellas ahora ocupan cargos públicos con nuevas oficinas creadas en Institutos de la Mujer, y su trabajo teórico y político ha sido importantes para legitimar el género como herramienta conceptual, pero sí creo que hay una visión muy cerrada a la diversidad cultural. Considero que construir un "feminismo de la diversidad" también es una agenda pendiente. Yo creo que también soy parte de este feminismo hegemónico, me formé desde el feminismo hegemónico, hablo desde la academia, y cuando estoy haciendo esta crítica estoy haciendo una autocrítica, creo que es fundamental concebir al feminismo a partir de alianzas polìticas que articulen diferentes luchas.

¿Cómo se puede conjugar el "derecho a la diferencia", el derecho de los pueblos a regirse a sí mismos con el reconocimiento de los derechos universales de las mujeres?
Esta es una pregunta pendiente tanto en la agenda feminista como en los organismos de derechos humanos. Mi postura como feminista es que para mí es importante apoyar y escuchar los procesos internos de las mismas mujeres de estos grupos que están cuestionando las desigualdades de cara al interior y al exterior de sus culturas. Por ejemplo en el caso de México, las mujeres indígenas reivindican su derecho a la autodeterminación, frente a algunas posturas de feministas liberales que ven en esto un retroceso a los derechos de las mujeres. Pero para las mujeres indígenas la identidad cultural es importante, y están luchando por transformar al interior de su propio contexto y su propia historia aquellas tradiciones o costumbres que las excluyen. Yo creo que más que ver a la sociedad liberal o la ciudadanía liberal como la única opción, y lo que nosotros hemos logrado desde nuestra vida urbana como la panacea, lo que hay que ver es cómo se están dando estos procesos internos de reinvención de tradiciones, de reconstrucción de las identidades culturales a partir de la práctica y la experiencia de las mujeres, a partir de los cuales las mujeres están demandando sus propios derechos como mujeres y sus derechos culturales. Lo mismo está pasando en los países islámicos, hay mujeres que no ven una tensión entre el Islam y sus derechos como mujeres, y lo que están replanteando es cómo releer el Corán desde una perspectiva de género, en vez de decir "queremos dejar el Islam" y asumir una identidad liberal más cercana a la de otras feministas occidentales. Yo creo que hay que ejercer más autocrítica a lo que se ha logrado desde occidente con el feminismo, y no es cuestión de caer en un relativismo cultural total, pero tampoco en un universalismo que niega la especificidad de los procesos.

¿En qué sentido es problemático el concepto de "desidentificación" como propuesta para alcanzar la igualdad?
Muchas mujeres feministas del Tercer Mundo han reaccionado ante las posturas liberales que dicen "desidentifícate, deja la cultura". Es fácil decir "deja la identidad a un lado" cuando tú eres la norma hegemónica. Cuando estás en los márgenes, cuando tu historia ha marcado el lugar desde el que hablas, cuando el racismo o la explotación económica han marcado tu identidad, no puedes dejar la historia a un lado y hablar "desde ninguna parte", ese lugar neutro que parece asumir la idea de la desidentificación no existe, es siempre un lugar de poder. Y esta es la propuesta que algunas feministas están haciendo cuando ven la cultura sólo como un producto patriarcal. Yo veo más la cultura como un proceso social contradictorio marcado por el poder, pero que también ha sido construido por las mujeres, no sólo por los hombres, y que le da sentido a sus vidas. A mí me gusta mucho esta frase de Chandra Mohanty, "un punto en el mapa es también un lugar en la historia". No podemos hablar "desde ningún lado", hablamos desde las historias de nuestros pueblos, y no es tan fácil decir "ahora pierdo mi identidad y hablo desde ningún lado". Es más fácil decirlo cuando te has asumido como "lo neutro", pero como he dicho antes el punto neutral es casi siempre el punto del poder.

¿Qué persona, de dentro o fuera del ámbito académico es la que más te ha marcado en tu trayectoria profesional?
En el ámbito teórico y político, la antropóloga mexicana Mercedes Olivera es una mujer maravillosa, pionera en el feminismo rural y que marcó mucho el tipo de antropología por el que yo opte. Trabajó desde su juventud como parte de esta corriente teórica de la antropología crítica, fue directora de Escuela Nacional de Antropología e Historia en México en los setentas, pero con el tiempo dejó gran parte de su carrera académica por una antropología comprometida. Ella trabajó con mujeres en Nicaragua, con mujeres guatemaltecas, con mujeres refugiadas, y fue pionera en esta visión del feminismo rural. Fue mi maestra en el feminismo, no una maestra formal, pero sí en la formación de este movimiento amplio de mujeres en Chiapas, y de tratar de construir alianzas políticas con distintas visiones del mundo. Mercedes ha sido una influencia muy importante para mí, y yo creo que su aporte a la antropología feminista no ha sido suficientemente reconocido en América Latina. Hay gente que apostó más por la academia, y se dedicó a escribir exclusivamente y son quisá más conocidas que Mercedes... ella no sólo fue pionera en los estudios de género sino que además fundó el Centro de Investigación y Acción para la Mujer (CIAM) , que fue de los primeros centros que empezó a publicar sobre las mujeres indígenas en Guatemala, en Nicaragua, en Chiapas, con una visión "mesoamericana" más allá de las fronteras. Por otra parte, Cedema Morales, una compañera mam de la cooperativa agroecológica con la que yo trabajé muchos años, fue también una persona muy importante para establecer esta postura crítica que yo tengo, una mujer que me ayudó a crecer personalmente y de quien he aprendido otras formas de ver el mundo.


AIBR -El Rincon del Antropologo