Introducción
En este artículo se retoma el tema de la criminalidad femenina(2). En esta ocasión se quiere mostrar la importancia epistemológica que tiene recobrar la voz de las protagonistas para entender este fenómeno social en la línea metodológica del estudio de caso.
La hipótesis con que se trabaja consiste en que estas madres son víctimas de violencia familiar, pasada o presente, o durante toda su trayectoria de vida hasta llegar al hecho desencadenante. Consistente con otras investigaciones (del Olmo 1998, Frigon 2000, Hirigoyen 2000, Ruiz 2000, Torres Falcón 2001, Whaley y Messner 2002) creemos que ellas continúan en esta situación por un conjunto de razones: el hombre como soporte único económico del núcleo familiar, el miedo por la separación, las eventuales posteriores persecuciones y la mayor violencia de parte del hombre golpeador(3) o simplemente porque esperan que la situación mejore con el paso del tiempo.
Cabe aclarar que desde el punto de vista psiquiátrico y psicodinámico estas mujeres no serían enfermas mentales(4), de tal forma que para la justicia penal son responsables y por ende están sujetas a procesos penales. De esta forma son consideradas con una personalidad asocial, “psicópatas”, vistas como manipuladoras, sin remordimientos por los hechos acaecidos, sin culpa y planificadoras de sus acciones de forma tal que la premeditación y la alevosía suele considerarse como agravantes a la hora de la sentencia.
Los hijos de estas madres están puestos en una posición de debilidad ya que son observadores y víctimas de la violencia a la que es sometida su madre y espectadores del desencadenamiento final cuando no sus propias víctimas. En nuestro estudio de caso toda la familia fue objeto de las acciones delictuosas ocasionadas aparentemente por la madre, de tal forma que encaja dentro de la clasificación de “masacre familiar”.
Nuestra perspectiva, desde la Antropología, es distinta ya que en primer lugar, las consideramos a ellas también “víctimas” de una situación previa a la comisión del delito y luego, “supervivientes” de un horror que deben afrontar para dar algún significado a los hechos acaecidos. Desde este lugar, interpretamos que viviendo una situación de paulatino empeoramiento, los hijos, muchas veces deseados y hasta ese momento bien atendidos, cuidados, protegidos y amados, comienzan a ser ubicados por la madre en lugares borrosos con percepciones distorsionadas del comportamiento y desempeño de los hijos y asentando en ellos expectativas desmesuradas especialmente si tenemos en cuenta la edad de los niños víctimas de estos hechos (de 1 a 10 años aproximadamente). Se va rompiendo poco a poco el lazo afectivo con los hijos, y esa distancia emocional creada deja un margen para actuar, desconociendo el vínculo de parentalidad existente.
Las razones dadas por las propias mujeres son que no quieren dejar en manos del hombre golpeador a sus hijos, o bien que empiezan a verlos como una prolongación de ese hombre que les acarrea tanta desgracia. De esta forma ellas van percibiendo que los hijos “ya están de más”, ocupando un lugar emocional y cultural que está vacío, y sobre todo que ellas no parecen sentirse capaces de proveerlos como lo hacían antes. En síntesis, como el mejoramiento de la situación tan ansiado no sucede ya no vale la vida de ellos ni tampoco la suya.
Algunas, luego, actúan de acuerdo a esta línea de pensamiento cometiendo suicidio. El punto que discute la justicia penal tiene que ver sobre todo cuando ese suicidio queda en un intento. Así las cosas, son acusadas de “verdaderas asesinas”, “ mujeres monstruosas” al haber incumplido el mandato social de una “buena madre”, a pesar de que en nuestro caso de estudio la mujer estuvo tres meses internada por las consecuencias de esa “simple” pantalla de su suicidio malogrado, según la creencia de quienes la juzgaron.
Los jueces siguen esperando la presencia de una mujer sumisa y dócil y se contrarían cuando se encuentran con una mujer que ha roto ese orden de las cosas. La mujer que se encuentra bajo la jurisdicción del sistema penal “paga” por la convicción de los jueces de que no corresponde a la naturaleza de la mujer cometer crímenes que no se ajustan al papel tradicional femenino. Las mujeres que desafían ese papel socialmente impuesto son tratadas con violencia(5). (Lima Malvido 1998)
La condena
Dice el Diario Río Negro(6) en su edición del 25 de julio de 2001
Perpetua para Ibáñez por masacrar a su familia
La Justicia le aplicó la pena más alta. La halló culpable de degollar y balear a su esposo y a sus dos hijos. Actuó con alevosía, bajo "una tormenta psicológica" pero sabía lo que hacía.
Ibáñez fue condenada ayer a reclusión perpetua, la pena más alta que contempla la ley. La justicia la encontró culpable de los asesinatos de su marido y de sus hijos, a los cuales degolló y baleó poco antes de la Navidad de 1999 en su vivienda del aeropuerto de esta ciudad.
La pena fue tan dura porque los jueces tuvieron en cuenta dos hechos que agravaron los homicidios: el primero, que las víctimas tenían un vínculo familiar directo con la autora. El segundo, que las atacó cuando estaban dormidas e indefensas, aunque uno de los jueces opinó que el marido sí pudo reaccionar.
La incógnita que perdurará quizá para siempre es por qué lo hizo; los jueces creen que actuó bajo una "tormenta psicopática", y que su personalidad "agresiva, carente de amor, sin culpas ni remordimientos" fue el motor de la masacre. El fiscal opina que mató a toda su familia porque eran un estorbo para su desarrollo personal
"Esto no nos quita el dolor pero por lo menos se hizo justicia", dijeron entre sollozos los familiares del marido. Apenas conocido el fallo se abrazaron emocionados.”
Las voces acalladas(7). El relato de Sara
Sara llevaba una vida independiente antes de conocer a su marido, trabajó en distintos rubros y según los testimonios de la gente que la conoció en aquella época era capaz, amistosa, alegre y llevaba adelante un constante esfuerzo por mejorar su vida. Finalmente, decidió que ya era hora de tener hijos y, por lo tanto, una pareja estable. El hombre elegido no fue bien visto por su familia ni sus amigas. Ella era militante de un partido político y allí lo conoció. La primera cosa que le prohibió fue seguir en su actividad política por lo que ella abandona este espacio que le era muy preciado.
Ella sabía que era golpeador y alcohólico pero había decidido asentarse con una pareja estable y formar una familia.
Cuando se establecieron juntos ella ya estaba embarazada de una nena. Como los golpes se habían iniciado pensó que se iba a separar y criar sola a la niña. Según cuenta, todavía no se explica por qué no tomó esta determinación. El segundo paso, fue prohibirle trabajar, cosa que hizo. De tal forma que adoptó el papel de madre a tiempo completo resintiéndose todas sus relaciones sociales, encerrada en su casa, con la prohibición de salir incluso para hacer las compras. Se podía ver poco con su familia de origen y nada con sus antiguos compañeros y compañeras de trabajo y amigos y amigas. Relata que el marido era muy celoso, no le enseñó a manejar porque “se iba a ir con los novios”. Cuando salían iban todos juntos porque no tenía con quién dejar a los chicos, además que eran muy pequeños.
Cuenta Sara que el marido no tuvo una relación fuerte con la hija, ya que la desatendía tanto en cuanto a sus necesidades materiales como afectivas. Siempre le reprochaba que “era hija de otro”. Sara sintió que la nena, y después el varón, fueron una carga para el marido. A veces, y en tono de broma, los amigos le decían qué lindos hijos tenía y que no parecían de él. En esos casos, volvía furioso a la casa y la empezaba a golpear. Le reprochaba que cuando salía se cambiaba y que no se ponía linda para él. Siempre decía que todas las cosas le salían mal.
Para Sara, ella y los chicos eran una carga para el marido.
El marido la golpeaba mucho, y ella al principio respondía porque no era capaz de recibir un golpe y no devolverlo(8). Luego, ya no reaccionó al punto de no hacer las denuncias policiales ya que le daba vergüenza así que, según ella, nadie sabía que la golpeaba. Además, por esa época (año 1999), no había comisaría de la mujer, ni refugio para irse con los chicos A veces andaba con anteojos negros o se maquillaba. Entonces, ¿para qué separarse si iba a ser lo mismo o peor?
Le reprochaba que cuando salía se cambiaba y que no se ponía linda para él. Siempre decía que todas las cosas le salían mal.
Dice Sara que siente culpa y responsabilidad por no haber podido salvar a sus hijos y de no haberles dado el padre que ellos se merecían.
Una evaluación preliminar
La literatura científica psicológica y psicoanalítica muestra que el asesinato de hijos, ya sea neonaticidios (recién nacidos) o filicidios (de unos meses en adelante) es más común de lo que se podría pensar. En estos casos se ha mostrado una correlación significativa (pero no una relación causal) entre enfermedad mental y acto delictivo. (Haapasalo 1999) En grupos de riesgo relacionados con casos de desórdenes mentales hay una relación estadísticas con comportamientos homicidas. (Noreik y Gravem 1993, Eronen, 1995). No hay literatura científica ponderable desde el punto de vista antropológico sobre el fenómeno de masacres familiares aunque sí sobre infanticidios. (Devereux 1995, Dickerman 1979, Ginsburg y Rapp 1991, Haustafer 1984, Hariot 1996, Lazarus 1994, entre otros)
Estas mujeres están posicionadas en un rol materno, que es a la vez un rol de género, que intenta cumplir con casi todos los requisitos exigidos socialmente; sin embargo, sienten que van fracasando sin poder dar una respuesta adecuada, ya que fijadas quizá por el miedo o la ira, en ese lugar no pueden tener una visión reflexiva acerca de lo que les está pasando y, por ende, no pueden cambiar de posición dentro del núcleo familiar pero tampoco logran pedir ayuda externa. La mujer se queda y mata como única posible respuesta a la humillación frente a ella misma y a sus hijos. Con gran desproporción en cuanto a la fuerza física pero igualdad por unos momentos en el poderío de las emociones al sentirse acorralada y sin más opciones a su alcance, parece entender que la única salida que tiene es responder con una violencia desusada y letal.
En el análisis antropológico que hacemos de los relatos de Sara resaltan ciertos detalles, que desde nuestro punto de vista, llaman la atención: - que Sara ponía orden a todo y entonces la dinámica familiar (desorden, ruidos, gritos, dificultades en la comprensión del significado de tener niños, etc.) podría haber llegado a ser percibida por ella como caótica - la alegría que sintió cuando se enteró del embarazo de su hija pudo haberse transformado en un sentimiento irrefrenable cuando sintió que nada era parecido siquiera a lo que había pensando al fundar una familia. ”Uno hace cualquier cosa por los chicos” dice Sara. A esta situación originada por el juego habitual de los niños se le debe sumar, en el caso de Sara, el pasatiempo favorito de su marido que era tirar tiros de escopeta contra una columna de cemento en el patio de su casa. Seguramente, llegó un momento según pensamos, que todos los ruidos se hicieron uno y único.
En estos casos se debiera indagar sobre la trayectoria de vida, más allá del relato de ellas, en la información que puedan brindar, por ejemplo, amigos, maestros, religiosos y familiares. Estas mujeres pueden ser supervivientes aún mucho antes de haber comenzado el camino hacia el desenlace fatal. En el caso de Sara, el padre es alcohólico y despótico y su propia madre no ha quedado muy atrás. Después del juicio, supimos por el relato de una de las hermanas que su madre discriminaba entre los hijos rubios y los de tez y cabello oscuros. A estos últimos los “educaba” con castigos físicos para enderezar su conducta porque que eran los más revoltosos e indóciles.
Además, el contexto social de la crianza es en la ciudad de Cutral Có, paraíso petrolífero hasta la privatización de la empresa petrolera argentina (Yacimientos Petrolíferos Fiscales) que ocasionó graves consecuencias sociales, no solo referido al desempleo, fracaso de los microemprendimientos que se intentaron con las indemnizaciones cobradas sino con los índices de prevalencia de alcoholismo, comercio de drogas y violencia social. Hombres rudos, golpeadores, tomadores, prepotentes en una época de apogeo económico debido a esa euforia extractiva de petróleo, en donde las mujeres no tenían papel social alguno se se fue trastocando e invirtiendo. Ahora son los hombres quienes están desempleados, y las mujeres las que han tenido que tomar las riendas del sustento familiar.
Este marco social y económico, que coincide con el casamiento de Sara, selló la dinámica de esta familia.
Sara no sale indemne de ninguna de estas situaciones. Aunque esté viva y a pesar de que la opinión social sobre este caso la señale como la exclusiva culpable, no significa que haya elegido la violencia como estilo de vida o aún que haya sido tolerante frente a la violencia. (Cretney y Davis 1995, Polk 1997) Al principio, ella contesta a los golpes, aunque cada vez más débilmente quizá por la pérdida de resistencia física, desproporción con la fuerza - de imposición- del marido y por los chicos que estaban en el medio. (Brommer 1997). La última concesión, que resultó fatal, fue la de no hacer una denuncia policial.
Llegado el límite de su tolerancia y de su sentimiento de fracaso frente a un proyecto de vida construido con esperanza; su continua evaluación sobre la trágica historia de esta familia sobre un esperanzado mejoramiento de las relaciones familiares se ve constantemente confrontado con una realidad que parece no poder percibir ni revisar críticamente; lo ocurrido con Sara puede tratarse de un homicidio primario y expresivo, es decir un hecho único e irracional, un acto espontáneo de violencia, sin grado de planificación. (Sobol 1997).
Un diagnóstico antropológico
Si Sara fuera culpable, en algún sentido posible, y no necesariamente como autora directa de los hechos que se le imputan y por los que fuera condenada a la pena máxima prevista por el Código Penal Argentino, podría esgrimirse desde una perspectiva antropológica que se produjo una conjunción trágica de factores.
- .La Violencia familiar: junto a factores que se suman como el alcoholismo y celos(9). Hay ciertas expresiones dichas por el marido que le han quedado grabadas a fuego: “que te lleve el diablo”, “tenés los ojos podridos”(10), “no son hijos míos ”. O cuando la hija parece tenerle miedo, cuando dice “papá no me quiere”. Cuando se vuelve más grande retacea estar con el padre según lo que dice Sara y su madre.
- .La Familia como un ámbito de reclusión: se produce un estrechamiento drástico de las relaciones sociales de Sara. De ser una mujer independiente tuvo que resignar en una buena parte su estilo de vida anterior. Por otro lado, de cumplir una diversidad de roles, pasa a ser solo madre y esposa(11).
- .Se Clausura su experiencia vital: le empiezan a faltar de opciones tanto para su desarrollo personal como para dar la configuración deseada o idealizada a su familia. Se produce un fenómeno que podríamos llamar de “des –culturalización” que se caracteriza por la pérdida de habilidades sociales y comunicativas, disminución de expectativas para la vida, anulación de los proyectos de vida y, en última instancia, inversión de valores como, por ejemplo, el que se refiere a la sacralidad de la vida. Si bien Sara es católica, hizo su comunión y se ha sentido en falta por no haberse casada según el rito religioso católico, y asumiendo valores incuestionables tal como el respeto por la vida propia y ajena, hay un trastrocamiento de su contenido. Según sus propios comentarios, no avalados por las pericias psiquiátricas, finalmente puso a sus hijos en un “lugar seguro”, según sus propias palabras. “Por fin serán felices” reitera a más de cuatro años de los acontecimientos.
- .Estilos de vida: Con relación a la ciudad de Cutral Có como un lugar con un fenómeno de violencia específico, los estilos de vida no garantizan la cohesión social y menos el conjunto de valores que deben ser protegidos y respetados, dejando los espacios públicos librados a diferentes formas de compromiso(12). Respecto de su relación con su marido, él le anulaba todas las opiniones, especialmente políticas, lo que le dolía particularmente a Sara. Según su propio relato, la frase que colmó la capacidad de tolerancia de Sara fue que el marido sosteniendo un cuchillo, le dijo: “Ahora defendete” en medio de una risa que le sonó intolerable(13).
Una interpretación antropológica. Todos decimos saber; todos sabemos muy poco
Sara es un “sujeto frágil”. Se llaman así a quienes padecen una desigualdad o una situación que les impide o dificulta el ejercicio de sus derechos y obligaciones.
Aún más, los hombres golpeadores suelen dar una imagen pacífica en público, construyendo una representación social sobre sí mismo que contrasta drásticamente de lo que puede suceder en la intimidad de la vida familiar. Resulta todavía increíble la discordancia de un marido de Sara juguetón, compinche, alegre, aunque siempre reservado con la de un hombre violento y acosador(14). Simplemente le resulta incomprensible y quizá siga siendo así, porque estas disonancias a veces no pueden resolverse.
Sara respondería a un patrón bastante marcado de la criminalidad femenina: matan a conocidos o esposos, está expuesta al abuso, y soporta una condena social inevitable porque va a contrapelo de sus cualidades como madre – a saber, sumisa, restringida al ámbito doméstico, responsable de la nutrición y de dar vida y tener un comportamiento de “señora”.
Las ofensas generalmente tienen lugar en sus propias casas, la víctima está frecuentemente borracha y la autodefensa o extrema depresión son frecuentes motivos. (Steffensmeier y Allan 1996) En los últimos años se ha acuñado el concepto de “acoso moral” (Hirigoyen 2000), según el cual la víctima pierde toda posibilidad de apertura crítica y tiene cada vez menos opciones para oponerse. Se vuelve incapaz de pensar por sí misma y solo puede pensar de la misma manera que su agresor. Y los de afuera no terminan de entender qué es lo que pasa pero se ven tendenciosos, juzgando negativamente a quien es la víctima.
De manera perentoria e inmediata se le impone una clausura de la experiencia, que la mantiene en una situación congelada y repetitiva, que la martillea hasta quitarle cualquier poder (poder-decir, poder- hacer, poder- reclamar, poder- decidir, poder- cambiar, poder- irse, poder- mostrar, poder- “algo”), sin que ella siquiera pueda notarlo en la magnitud que después los hechos van a mostrar.
Estos terribles hechos mostrarán públicamente todo lo que ella quiso esconder en abierta contraposición con todo lo que luchó para esconder y mantener como secreto familiar.
El hecho no amenaza a la convivencia social, pero – y esto último será a fin de cuentas lo que será juzgado- perturba la legitimidad de la configuración normativa de la sociedad. (Jakobs 1998) Puede tratarse de un hecho único en la vida de Sara, irrepetible y sin sentido, esto último, por ahora. O al menos carente de un sentido unívoco y precisado.
Si fuera ella la culpable, habría pasado un límite extremo al supuestamente matar a sus hijos. Un delito extremo y específico y en el que se conjugan una cantidad de circunstancias que por azar o porque se fueron armando paso a paso, le crean un sentido deficitario de la realidad en donde poco puede hacer para cambiar las cosas, a menos que fuera de una manera drástica.
En este sentido, Sara pone en duda el carácter real de la sociedad, actuando contrario a la norma. Sara no cumple con las expectativas que se dirigen a ella como persona y como mujer. De esta manera, Sara se sitúa en un mundo equivocado y la eventual pena solo hará que la sociedad la reclame como persona en un plano meramente formal. Por esto mismos seguirá siendo un “sujeto frágil”, que padece de una desigualdad o está inmerso en una situación o conflicto que le impide o dificulta el ejercicio de sus derechos. (Pietro Sanchís 1996)
Al contrario del sentido común, que dirá que quien mata a los hijos puede matar a cualquiera, parece más bien lo contrario. Se mata a los hijos y nada más. Es un acto cerrado en sí mismo, porque la familia se le convirtió en una cárcel, pero sin reglas ni mandamientos que resolvieron la convivencia familiar en forma equitativa y arreglada de acuerdo a criterios previamente concertados.
No parece haber patrón de comparación con su vida anterior, lo que permitiría alguna pista de un estilo de relación violento, pero que para esa familia era “normal”(15). Por eso, es de importancia vital tratar de reconstruir las circunstancias finales de la tragedia.
Quizá fue una sola palabra o frase (“defendete”, o “le voy a volar la tapa de los sesos”) o una actitud (reírse de su miedo) lo que desató por sí mismo una humillación contenida y que fue activada con precisión milimétrica.
Lo último que puede pensarse en lastimar son los hijos. Con ese acto, se mata uno mismo, o se mata la propia proyección en el futuro, se mata el sentido de trascendencia.
El problema no era solo de ella sino la relación con el esposo, con sus hijos, de la relación del esposo con ella y sus hijos, y la relación de cada hijo con cada uno de sus padres. Es claro que los dos estaban incómodos en esa relación, pero mientras él tenía escapatorias ( salir a trabajar, los amigos, tirar tiros al muro, insultar y pegar) ella las tenía en mucho menor medida -cosas que hubiera mejorado su ánimo, y quizá le hubieran permitido reconfigurar una reflexión crítica sobre su situación, las tenía prohibidas.
Sara rompió finalmente con los vínculos de sangre, y si fuera ella la culpable, lo hizo de la peor manera posible ¿Cree haber “salvado” a sus hijos de un destino incierto? ¿Cree no haber podido ser una “buena madre” y lo es ahora que ya no lo es, al menos en un sentido presencial? ¿Cree que puede hacer borrón y cuenta nueva a partir de esta espantosa experiencia?
Qué es lo que ahora cree Sara puede ser de valor cognoscitivo con relación a lo sucedido. Para eso hay que preguntarle y atender a sus respuestas, dándoles el valor que merecen.
Sara sabe lo que pasó, sabe en qué situación se encuentra y conoce la pena que acepta sin pormenores. Más aún, dijo: [acá en la cárcel] “me siento libre. Ya nadie me puede lastimar y mis hijos están en un lugar seguro, están protegidos por siempre”. Hace poco en uno de nuestros periódicos encuentros nos dijo: “Ahora soy presa”(16), manteniendo un comportamiento ejemplar de acuerdo a los reglamentos penitenciarios y siendo buena compañera de las demás internas, teniendo en cuenta las limitaciones en las condiciones de vida en una unidad penitenciaria.
Al contrario de lo que sostiene uno de los jueces de sentencia, los motivos no parecen ser ningún “misterio”; salvo que se piense que teniendo una casa, trabajo, comida e hijos -un hogar- cualquier mujer ya ha alcanzado la plenitud de sus potenciales y expectativas para su vida, debiendo sentirse plenamente satisfecha y haciendo caso omiso de “pequeños detalles” como la violencia y el alcohol.
¿Podemos, entonces, exigirle la totalidad de la responsabilidad? ¿Podemos con justicia hacerla entera y exclusivamente culpable?
Nuestra respuesta en un categórico “NO”. La fundamentación de esta respuesta no puede ser, por ahora, categórica. Pero al menos podemos asentar algunos principios que pueden ser controvertidos pero ofrecen un punto de partida para la investigación empírica, la formulación de hipótesis más afinadas y una intervención social, a lo mejor hasta preventiva (prestar más atención a factores de riesgo, a indicios de alarma, acceso de esta información fácil y sin prejuicios, bases ideológicas para llegar a puntos de acuerdo, etc.).
Nos parece que el lugar social de la “madre” es histórico y contextual. No habrá entonces un único modelo de ser una “buena” madre ya que la multiplicidad de factores, la heterogeneidad social y la desigualdad política entre el varón y la mujer, harán que haya muchas formas posibles de ser una “buena madre”.
No puede pretenderse analizar el vínculo madre-hijo sin tomar en cuenta el contexto más amplio donde esta relación nace y se desenvuelve: condiciones económicas, sociales, laborales, emocionales, familiares, vecinales, comunitarias y biográficas son entre otras, factores que deben ser incorporados al momento de trabajar conceptualmente dicho vínculo.
El posible fracaso de su función de madre no debe adjudicárselo en forma individual sino también a las condiciones sociales en donde debió desempeñarse como tal.
Son las emociones colectivas las que muchas veces delinean el significado de un delito tanto desde la opinión pública como de los estrados judiciales.
Si se muestra que la madre es culpable de la muerte de su hijo, por acción o por omisión, debe ser considerada no sólo un sujeto de derecho sino un ser humano que toma alguna posición moral frente al hecho acaecido. No está vacía de valores ni emociones; al revés, ambos factores tienen que ser tomados en cuenta no sólo a la hora de dar sentencia sino sobre todo al momento en que ella comienza la búsqueda de sentido de lo que ha pasado. Ella también sufre la pérdida, se culpabiliza por su debilidad o inoperancia, y se la tendrá que ayudar a tomar una perspectiva crítica acerca de las formas en que las cosas pudieron ser pero, trágicamente, no lo fueron.
Como investigadores sociales deberemos seguir indagando sobre este tema, del que todavía sabemos muy poco y donde la opinión psiquiátrica por un lado, y la pública, por el otros prevalece sin titubeos a la hora de sentenciar. En realidad, son pocos los casos que hasta ahora hemos podido relevar de manera tal que también el trabajo comparativo se ha visto obstaculizado. Siendo la literatura científica, exceptuando la psiquiátrica, escasa se deberán elaborar hipótesis, de carácter interdisciplinario, que permitan adentrarse en los factores culturales y geopolíticos en que se encuentra una mujer inmersa en una familia donde los estilos de vinculación acuden a la violencia antes que a la argumentación. El pasado histórico de la familia, su pasado reciente, el contexto social y económico donde se desarrolla la vida de estas personas, las voces que narrativizan el sufrimiento, la inacción del Estado para prevenir la violencia familiar, contra las mujeres y los niños son todos ellos factores que deben ser analizados, pero no en forma aislada, sino en su influencia mutua.
Cada factor por sí mismo explica muy poco y se corre el riesgo de generar visiones reduccionistas, que fácilmente pueden transformarse en “verdades dogmáticas”.
Las unidades de análisis deben ampliarse para tener en cuenta las relaciones antes que a las personas en sí mismas. Los contextos son los lugares donde se producen los delitos y esta verdad de perogrullo no parece haber sido aceptada todavía por las ciencias sociales.
Por ahora, sólo presentamos la descripción de un hecho de “masacre familiar” y el esbozo de alguna aproximación antropológica.
BIBLIOGRAFÍA